Premio
"Punto de Excelencia"

 

 

 

BABA DE DIABLO.

Agustina Viqueira


BABA DE DIABLO de Agustina Viqueira, Ilustrador Lucas Desimone

[Ilustrador Lucas Desimone]

BABA DE DIABLO

 

       “La buena vida” dice el cartelito de la puerta ya oxidada por el tiempo y las lluvias consecutivas de años y años vividos. Tras ella, una fila serpenteante de árboles verdes, grandes, altos y húmedos; un camino de ladrillos, gatos merodeando y al fondo una gran casa de estilo colonial, color rosa viejo, con rebordes de cemento y postigos de madera. Es una residencia cálida, con señoras bien vestidas que atienden a las necesidades de sus huéspedes de forma permanente. Siempre hay alguien listo para el servicio. Nunca se puede estar quieto. Hay visitas que atender, camas que hacer, pañales que cambiar; todo es parte de esta bien creada panacea. Fiorella tiene dos hijos, que por cierto la visitan para su cumpleaños todos los años y cuando se acuerdan, para las navidades; es menudita, de espalda encorvada, con uñas de pezuña y un cierto perfuma a lavanda que la personifica. Avanza por los pasillos internos con dos ruedas oxidadas y con una expresión en la cara, casi envidiable, de amor a la vida. Tiene prohibido salir al parque porque su débil piel se arruga potencialmente con los vientos marinos que soplan del este. Cuesta hacerle creer que no hay ese afuera , que lo que ve por las ventanas son simples cuadros que la directora decidió colgar. Una vez se escapo con Luis. Su piel comenzaba a debilitarse, sus ojos se cerraban y sus labios desaparecían, hundiéndose en lo profundo y vacío de su garganta. Rehabilitarla de esa tarde tanática llevo días. Se necesito de dos señoras más para atenderla y la directora ordeno cerrar sus ventanas y las del pasillo por el que ella transitaba. Ya casi nadie la acompañaba porque la primavera había llegado y todos disfrutaban de lo vegetal y natural de ese afuera que Fiorella debía olvidar. Pero alguien le era incondicional, y esta persona era Luis. Él había llegado a la casa, casi sin notarlo, siete años antes que ella. Había entrado como quien va a un almacén a comprar algo y pretende salir y volver a su casa. Pero no volvió más. De un día para el otro le hicieron creer que su departamentito de la calle Aguado se había transformado en una casona con parque y gatos. Luis lo acepto inmediatamente ya que le parecía ridículo discutir un cambio tan favorable. Sinceramente no le importaba donde podía haber quedado ese departamento sucio, oscuro y con olor a viejo al que detestaba volver después del almacén. Con el tiempo se fue acomodando y no le costo hacerse de amigos. Se enamoraba cada tarde de sus vecinas de cuarto y les juraba amores salpicados con gotas de mar. Les regalaba noches estrelladas y lunas menguantes. Pero todo cambio para él cuando la vio pasar a Fiorella, con su pelo blanco y ojos sabor a miel. A partir de aquella tarde de invierno, se los veía juntos, charlando, mirándose, riéndose y hasta se podría decir, queriéndose. Era una pareja como cualquier otra dentro del caserón; pero a las señoras bien vestidas del servicio les divertían sus historias que servían para ocupar tiempo en la cocina mientras otra preparaba el mate o el cafecito de las cinco. Una de ellas, Carmen, contó un día que los había escuchado decir que se escaparían juntos para ir a ver el mar que sabían, se encontraba a cuatro cuadras a la derecha; y que una vez allá se recostarían en la arena y esperarían que el viento se los lleve. Esto causo mucha gracia entre las señoras bien vestidas.

       Fue esa noche poco estrellada en la cual Fiorella se levanto de la cama, se abrigo con un sweater que le había regalado su hermano y lo fue a buscar. Luis la estaba esperando ya vestido y arreglado. Esperan a que amanezca y deciden salir caminando por la puerta como si fuesen visita que se retira. Sus manos, frías y secas de aburrimiento, iban entrelazadas. Sus dedos se tocaban y parecían acariciarse. Las pesuñas de Fiorella pinchaban nerviosa, la palma de Luis que intentaba disimular amarrándola mas fuerte. Ahora caminan por la calle, doblan a la derecha y siguen cuatro cuadras sin desviarse directo al mar. Se ve desde lejos dos cuerpos animados, lentos que caminan con rumbo seguro. Están llegando al mar y lo saben porque lo huelen. Sus narices sienten ese viento marino que Fiorella tenía prohibido recibir; pero saben que nada va a pasar. Sus emociones se multiplican. Corren aleteando las piernas como si fuesen más rápido. Exhalan excitación e inhalan aventura. No saben que más haya de todo hay muerte. No saben que más haya de todo muere la seducción de los placeres y que aquella persona que estaba corriendo con ellos morirá atravesada por lo primitivo del amor. Corren como si no supiesen que van a cruzar esa barrera y que sus manos se marchitaran como la palta en humedad. Tan solo tuvieron esas aguas insistentes frente a ellos, se arrodillaron sobre la arena, cerraron los ojos y respiraron el mar. Escucharon sus sonidos y tocaron el agua. Los dos de ojos cerrados frente a ese torrente salado se recuestan sobre los eternos e infinitos granos de arena. La piel de ella comienza a arrugarse. Sus ojos se cierran con más fuerza y sus labios se hunden en lo profundo y vacío de su garganta. Sus mejillas decaen sinuosamente hasta llegar a los hombros donde se encuentran con el resto del cuello, también desvanecido. Luis, recostado al lado, respira aire puro y salado que refresca sus pulmones añejados de tabaco barato. Las caderas de Fiorella se mimetizan con la arena y las piernas pierden voluptuosidad. Su pecho se endurece y sus cabellos, ya secos y desprendidos, vuelan como babas de diablo. Las nubes recubren el cielo, Luis se levanta, mira a su costado y no la encuentra. Busca en el mar y no la ve asomarse. Decide regresar a su casa, la de los gatos y los árboles que forman caminos serpenteantes. Se levanta y camina cuatro cuadras sin doblar y luego media cuadra a la izquierda. Busca su casa, su cuarto, sus compañeras con quienes espera que algún día se den esas noches estrelladas de lunas menguantes. Ve el cartelito de la puerta oxidada que dice “La buena vida”. Mira para adentro y una señora bien vestida del servicio, que parecía asustada, lo toma del brazo y lo entra. Sus ojos color celeste desteñido reconocen el lugar. Lo llevan a su cuarto y le preguntan por Fiorella pero Luis no sabe responder. Le dan una pastilla color rosada y lo invitan a dormir.

 


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