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Ensayos:

POR LAS LETRAS HACIA DIOS: INTELECTUALES PARA UN IMPERIO

Antonio José Quesada Sánchez


Edvard Munch, Self-Portrait with a Wine Bottle, 1906, oil on canvas, Munch Museum, Oslo

 POR LAS LETRAS HACIA DIOS: INTELECTUALES PARA UN IMPERIO

     Cuando dedicamos cierta atención a la guerra civil española y a los intelectuales de la época, se suele incidir en que éstos se agrupaban con los republicanos, mientras que el bando franquista era un refrito de obispos, fascistas, militares y retrógrados de distintos pelajes. Es cierto, no cabe duda. Pero tampoco es del todo cierto, requiere matices.

     Hoy quiero dedicar cierta atención a algunos de esos intelectuales que apoyaron al Invicto Caudillo Victorioso, Hombre Elegido por Dios, Vencedor del comunismo en los campos de batalla y todo lo demás. No a todos esos intelectuales, claro: no quiero dedicar una línea a Pemán, el gaditano reaccionario en busca siempre de los laureles allí donde estuvieran (a la sombra de reyes, militares u obispos, todos con galones), a García Serrano, ese falangista de trinchera que escribía tan bien, o a D'Ors, el pedante Xenius, capaz de re-escribir una carta hasta que su secretaria no entendiera su contenido (porque de lo contrario algo fallaba: ¡menuda vergüenza, ser entendido por iletrados canallas sin clase!). No les dedicaré tiempo, aunque a ratos lo merecen: se quejaba el egocéntrico Xenius de que había tenido un encuentro con Franco y no se sintió bien tratado. "Hasta Goethe fue mejor tratado por Napoleón", lloraba amargamente. "Maestro, usted no es Goethe", le respondió un inocente parlanchín que se ganó una mirada fría y un "ni él es Napoleón" que le inhabilitó para seguir junto al Maestro pedantón. Tampoco dedicaré tiempo a Manuel Machado, que dedicó algún versillo prescindible a Mola (su hermano dedicó uno imprescindible a Líster, pero es otra historia), ni a los hombres de teatro que supieron cuándo y dónde tocar para estrenar, y qué necesitaba ver el españolito medio, envuelto en banderas imperiales y embriagado de himnos y demás parafernalias (y allá, en lo alto, las estrellas). A éstos no les voy a dedicar más atención, bastante hemos soportado durante cuarenta años, que ni el Blanco y Negro nos ponía fotos de piernas de mujeres, que es lo que queríamos ver, y no los bigotes recortados de estos funcionarios culturales. A éstos no, que los juzgue la Historia o los interesados. O quien quiera, a mi que me dejen tranquilo.

     A los que me quiero referir es al grupo que mi admirado (cada día más) Umbral llamó "los laínes". Siempre teniendo en cuenta que esto tampoco es un estudio profundo sobre toda esta tropa, sino pura koña literaria personal, una especie de bodegón estilístico donde, en vez de naranjas, jarras grises, uvas, un plátano y una manzana (siempre hay uno de cada) y todo eso que tienen los bodegones, tenemos escritores con camisa azul, yugo, flechas y demasiadas letras en la cabeza, borrachera estilística que no sabemos si el General Victorioso estaba dispuesto a asumir. Es más, no quiero problemas, y así adelanto mi anexo bibliográfico antes de escribir ni jota: quien quiera leer en serio sobre ellos, que repase libros de literatura española del siglo XX, que meta sus nombres en "Google" y navegue (no todo en Internet va a ser bajarnos fotos eróticas o buscar novia en Venezuela y en Albacete, digo yo), o que se busque "Leyenda del César Visionario" o incluso "Trilogía de Madrid", de Umbral.

     Libre de presiones (¡qué pesado me pongo!), entro de lleno en "los laínes". ¡Ay, los laínes, que ganaron una guerra y perdieron una paz! No se dieron cuenta de que, así como la Falange era el folklore del régimen, ellos eran los señoritos a los que se podía lucir en las tertulias con marquesas, pero a los que se callaba en cuanto se daba por terminada la visita (como ese niño al que su madre hace tocar el piano ante las visitas: termina, le aplauden, le dan una galleta y otra vez Luisito a su habitación). Que para darle solidez intelectual al Imperio ya estaba la Conferencia Episcopal bendiciendo los tiros y se acabó. Pero allí seguían ellos, intentando escribir cosas a pesar de todo. Los laínes. ¿Y quienes eran estos tipos? Podemos encontrar a un buen grupo, todos especiales: Sánchez Mazas, Foxá, Laín Entralgo, Ridruejo, Torrente Ballester, Tovar, más otros que iban y venían, y actores invitados como D'Ors, Ernesto Giménez Caballero y algún otro. Empeñados todos en lograr una posición preponderante en el nuevo orden de misas e Imperio, poniéndose "cara al sol, al sol que más calienta".

     Especiales, sobre cada uno de ellos se podría escribir libro y medio (y una tesina para defender ante un tribunal académico poco exigente). Sobre alguno, mucho más. Y es que daban juego. En principio se habían subido al carro falangista, que les daba tanto proximidad a los marqueses como una ideología vagamente revolucionaria, a su manera. Para estar escuchando misa con los niños de Calvo Sotelo, más divertido (y literario) era estar dando tiros, matando rojos e intentando construir un Imperio. En sus casas eran poco entendidos: seguir al chico de Don Miguel era una aventura que les podía traer problemas a los chicos. Si está el chico de Don Miguel no puede haber nada malo, pero eso de buscar bronca contra esos resentidos sociales, con hambre de siglos, que querían convertir España en un nido de moscovitas, no iba con ellos: eso que se lo dejaran a los hijos de portera con ganas de trepar en la vida o a los soldados, que para eso les pagaban, para defender cortijos y sacristías. Pero no, ellos se animaban al olor de la Gloria y la Sangre, y la dialéctica de los puños y las pistolas podía hacerse desde un café, fusilando con palabras y construyendo Imperios en el aire.

     Pero algunos brillaron, y mucho. No todos, cada uno es hijo de sus circunstancias, según nos susurraba Ortega al oído. Tovar era un intelectual que hacía política o un político que presumía de intelecto, que hablaba español y alemán pero no sabía qué decir en ninguna lengua, y que andaba por allí, posiblemente añorando el alemán en España y el español en Alemania. Siempre sin aclararse, ni en una lengua ni en la otra, y mirando para todos lados, por si entraba algún soldado mal afeitado que, sin duda, sería comunista. Por la pinta (los calaba a legua).

     Torrente Ballester era un sabio metido a escritor. Un profesor de instituto que llevaba sus exámenes al café y allí corregía las aburridas contestaciones de los alumnos, siempre vagas e imprecisas. Mientras, escribía mucho también. Era un fino crítico que saltó a la arena y que a mi nunca me atrajo. Ganó el Planeta una vez y vio, desde detrás de sus gafas prismáticas, cómo llevaban al cine sus "Crónicas del rey pasmado", de cortes imperiales y culos femeninos para satisfacer al Rey (¿por qué me atraerán cada vez más los culos de mujer?). Hace poco vi su teatro reunido en una librería y seguí mi camino a ver qué encontraba en otro sitio.

     Foxá era un genio. Escribió su "Madrid de Corte a Cheka", impresionante fresco reaccionario (Ruedo Ibérico de derechas, dice Umbral, dando en el clavo posiblemente), y no escribió más. Se dedicó a hablar y a vivir como el genio que era. Un dandy wildeano atrapado bajo kilos de grasa bien llevada, una chispa vital no bien vista por algunos generales y obispos. Alguien que confiesa ser de derechas porque no puede ser otra cosa, siendo "rico, conde, diplomático, gordo y feo", que presume de cornudo o que disfruta de la situación ideal como embajador del Caudillo en Londres, "porque soy el embajador de una dictadura en una democracia y me beneficio de todos los sistemas", debe ser un gran tipo. Una vez, Giménez Caballero, de quien a lo mejor hablaremos después, le pidió un adjetivo para que la palabra "Ejército" no sonara tan escueta a las tropas durante una arenga bélica. "Pon "invicto", porque como nuestro ejército siempre se pelea contra sí mismo, una parte siempre sale invicta". Grande.

     Ridruejo me interesa, y mucho. Dejó abundante poesía ("Al llegar al soneto tres mil trece / la máquina Ridruejo se detiene", se reía Celaya, asonantemente), de la que posiblemente se salve "Cuadernos de Rusia", dice Umbral. No sé, lo he comprado pero no lo he leído todavía (lo estoy deseando). Fue uno de los coautores del "Cara al sol", miembro del selectísimo grupito que, con José Antonio, se reunió en los bajos del restaurante Or Kompon para hacer bailar al fascismo español, que también tenía derecho (con Michelena, Alfaro, Foxá, Sánchez Mazas y un pianista). Se le atribuyen las estrofas "Volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz", completadas por el propio José Antonio ("y traerán prendidas cinco rosas / las flechas de mi haz"). Pegó tiros en Rusia, en nombre de Hitler, con tal de huir de una España que no le empezaba a gustar (¿para esto hicimos la guerra?, Franco había traicionado a la Falange). Volvió, evolucionó en su pensamiento, pasó alguna noche en prisión, dejó unas memorias muy interesantes y se metió en política, como todo hijo de vecino. Firmaba libros con el whisky debajo de la mesa, por si tenía un hueco. Me gustan sus jerseys y unos meses antes que el Caudillo victorioso, murió, sin poder asistir a los últimos cinco fusilamientos del siglo XIX español. Mereció la pena, Ridruejo. Quiero profundizar en él.

     Laín era rector desde antes de ser profesor. Con fama de sabio siempre, de filósofo, de ilustrado. Daba lustre a las charlas, siempre impecable. Fue rector y catedrático, o al revés seguramente, escribió sobre algunas cosas que nunca me interesaron y dejó unas memorias donde se salva a si mismo, por lo que pueda pasar (fueron tan escandalosas que inspiraron a Marsé a escribir su "Muchacha de las bragas de oro"). Las tuve en mis manos (las memorias, no las bragas de oro, desgraciadamente), no las compré y hoy me arrepiento, porque no las encontraré más. Al final leyó manifiestos en reuniones de rojos y todo. Lo que hace la democracia...

     Sánchez Mazas, papá de Sánchez Ferlosio, también fue un tipo curioso. Escribió cosas de interés pero minusvaloradas porque en él el político lo vampirizaba todo. Vivió una aventura vital que retrató Cercas en "Soldados de Salamina", buen libro, y dedicó a Eugenio Montes un comentario sarcásticos que merece la pena: "Con todo el trabajo que te has tomado en fingir una cultura, podrías haberte hecho una cultura de verdad". Grande. Enamorado de Roma y su fascismo. Latino, como ese tal Giménez Caballero, el visionario empeñado en casar a Hitler con Pilar Primo de Rivera, pese a que "al Führer le faltaba un huevo", según contaba (no sé cómo pudo saber esas cosas...). Era un tipo muy chispeante: se autocalificó el primer fascista español (tenía ese algo de D'Annunzio que tanto le gustaba), preparó, a costa de Baroja, "Comunistas, judíos y demás ralea", y lo mandaron a Paraguay de embajador, a que siguiera enredado, pero lejos del Pardo.

     En fin, tantas aventuras... Parece que junto a curas, militares, africanos, alemanes, italianos y arribistas de todo pelaje, el bando nacional también tuvo su corte de intelectuales, preocupados por dotar al Glorioso Alzamiento de un ropaje intelectual que éste nunca pretendió, pues le sobraba con la fuerza para imponerse. Lucharon con buscar un puestecito bajo el sol, y algunos lo lograron, otros no. Pero la Victoria, a muchos, les quemó como literatos. Una pena.

Antonio José Quesada Sánchez

Málaga (España)

Copyright ©2003 Antonio José Quesada Sánchez.


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