Premio
Punto de
Excelencia

 

Nº 1. Noviembre 2003/Revista Electrónica Cuatrimestral.

Relatos

Antonio José Quesada Sánchez


AITOR EL ROJO

         — Recuerdo con bastante cariño aquellos días, para qué nos vamos a engañar. Teníamos poco, pero no necesitábamos más: nos bastaba con la escasa partida económica que manejábamos, con una red de colaboradores que casi no cobraba por escribir y con la ilusión de sacar cada semana la revista trabajando en condiciones bastante desfavorables. El sueño de cambiar el mundo hacía el resto. Los jóvenes de ahora no sabéis lo que es eso de lo que hablo, pero bueno, no todos sois iguales –queda pensativo–. Lo que me extraña es que yo pueda interesar todavía a alguien.
         — Eres un maestro para muchos, Paco. Y "Caperucita Roja" es un referente para las revistas progresistas. Teníais mucho ingenio, trabajabais con pocos medios y en tiempos duros. Erais gente abierta, dispuesta a debatir, porque la izquierda debe ser eso. Y vuestras portadas eran excelentes, muy trabajadas. Recuerdo aquella que sacasteis al morir Franco, que fue tan criticada: aquélla donde se veía a Franco en el ataúd y con el titular "hemos matado al fascista de muerte natural". En el Comité central lo entendieron como una crítica tremenda a su trabajo durante la clandestinidad.
         — Y teníamos que decirlo, hombre: tenía que haber una voz comunista que dijera a los comunistas algunas cosas. Pero desde dentro, sin ser agentes del enemigo o con intenciones derechistas, sino para seguir siendo el referente de izquierdas. Algo parecido había hecho Sartre unos años antes, pero en este país no se podía hablar ni de Sartre ni de Sastre, que no nos dejaban ni bailar sus letras.
         — Cierto, Paco. Los artículos, además, eran excelentes. No recuerdo una revista de partido (porque, nos guste o no, de un partido político dependíais), donde hayan escrito mayor número de intelectuales, y de tantas tendencias. Sólo se cerraba la puerta a los fascistas, y tampoco estaban demasiado interesados en enviar artículos.
         — Es verdad. Qué tiempos. ¿Y qué me dices del logotipo?
         — Muy bueno, Paco. Eso de sacar a Caperucita Roja con mirada lasciva dirigida al lector, la bandera soviética como capa, falda minúscula y enseñando, a su vez, unas bragas rojas, con hoz y martillo en amarillo, era muy provocador.
         — Pues no creas, que hubo compañeras que se enfadaron con nosotros. Decían que éramos machistas-leninistas, fascistas de izquierdas, y cosas así. En fin, no sé si era políticamente correcto. Pero queríamos lograr que el lector se fijase en nosotros... –se queda pensativo–. Tampoco hay que olvidar los reportajes de actualidad que elaborábamos. Periodismo de investigación lo llamábamos.
         — Sí, Paco, eso también fue importante. Abrió campo: la búsqueda de los vencidos de la guerra en los pueblos de montaña, la vida de los topos, la vuelta de la URSS de algunos niños de la guerra, Aitor el Rojo...
         — Aitor el Rojo... –queda pensativo Paco, con la mirada perdida, pensando en algo demasiado personal como para confesarlo aquí y ahora.
         — ¿Con qué edad empezaste a escribir, Paco? –intuye la necesidad de cambiar totalmente el tercio.
         — Pues mira, yo tenía 16 años. Aunque no empecé a militar realmente en el PCE hasta los 18, desde los 16 escribía panfletos y cosas así. Decían que tenía estilo y empecé a trabajar en "Caperucita Roja". Luego murió el Viejo, vino la transición, la estafa en la que de alguna forma participamos, mi alejamiento de los centros de poder y la fundación de "El Mar Rojo", que tanta fama me daría. Mi primera novela, un premio en Badajoz, otra novela, Premio Ciudad de Valencia, y algunas cosas más. "El País" me sacaba de vez en cuando en su suplemento literario y una vez me entrevistó, y el ABC decía que yo estaba muy politizado pero que era un gran escritor. Ya se sabe: el ABC siempre sienta a un rojo a su mesa cada cierto tiempo...
         — ...Y eres el referente para toda una generación de periodistas que nos consideramos de izquierdas.
         — Bueno, eso de referente lo dices tú, ¿eh? Yo me limito a hacer mi trabajo lo mejor que sé y puedo.
         — Anda, anda, Paco, no seas modesto. Por cierto, me interesaría que me respondieras a una pregunta que me intriga bastante: en toda tu carrera, ¿cuál ha sido el trabajo más extraño que te ha tocado hacer? O el más divertido. O todo unido. Bueno, igual necesitas pensarlo un poco, si quieres dejamos esta pregunta en el aire y...
         — No, no, si no tengo que pensarlo. Lo tengo siempre presente: fue cuando hicimos el reportaje de Aitor el Rojo, no sé si leíste este trabajo.
         — Pues no, pero me suena el caso. Así que tomo nota, porque debe ser algo mágico.
         — Tú lo has dicho, mágico. Después de esa experiencia comprendí que hay que evitar los prejuicios en la medida de lo posible. Son un lastre que nos impide ver las cosas de modo adecuado. No es necesario claudicar de lo que se piensa, pero sí no dejarse llevar por prejuicios. Lo de Aitor me enseñó a mí esta lección, que hoy te transmito y me hace sentir viejo: cuando uno da consejos se siente viejo, seguramente porque ya lo es.
         — Cuéntame, Paco, que soy todo oídos.
         — Sí, pero apaga el chisme y nos vamos a tomar un café. Dejemos la entrevista y vayamos a charlar. Luego, si necesitas notas adicionales, te doy lo que te haga falta. Pero ahora escúchame con tranquilidad: como si fuésemos dos milicianos en una trinchera, echando un pitillo y contándose historias de amoríos de la retaguardia.
         — De acuerdo.

         Salieron y bajaron al bar de la esquina, porque en los relatos bien escritos siempre hay un bar en la esquina. La mesa de siempre, lo de siempre para Paco ("¡qué caro te vendes, Paco!, ya no te juntas con los pobres..."). El joven se sienta frente a él y sigue embelesado: estar delante de la persona a la que más admiras, a tu ejemplo profesional y personal, no es fácil. No sabes qué hacer. Todavía recuerda cuando Paco fue torturado y no soltó ni una palabra. Ejemplo para todos. Más para los periodistas. "Paco, para cuándo la próxima novela?". "Bueno, ya veremos, ésta se me resiste". Puede que la tranquilidad no fuese tan posible en este bar, donde a cada momento alguien saludaba a Paco, le pedía un autógrafo o le invitaba a algún acto. Pero merecía la pena bajar al bar de la esquina. Siempre merece la pena bajar al bar de la esquina en un relato corto.
         — Bueno, hijo, escúchame sin prejuicios, porque lo que te voy a contar te va a dejar de piedra. Que lo creas o no es asunto tuyo (a lo mejor si me lo contaran a mi, no lo creería). Pero así me pasó y así te lo cuento. Llevaba yo cuatro años en la revista, y al Director se le ocurrió que, aprovechando ciertos sucesos paranormales, debíamos hacer un reportaje sobre la figura de Aitor el Rojo, el miliciano vasco muerto en Málaga...

         Niebla de humos en el bar. Tabaco negro y rubio hermanados en el aire y cervezas de distintas marcas en brindis por todos lados. Voces. En la calle, quizás llueva o quizás no, pero no nos importa. La charla es de lo más informal. Como buen literato, Paco es ameno, ahorra descripciones inútiles y regala las palabrotas justas en el momento justo.

*****

         — Miguel, esto tiene cojones. El reportaje lo tendríamos que escribir sobre nosotros en vez de sobre el Aitor éste. ¿Hay algo más literario que dos materialistas dialécticos, con todo el ateísmo científico y el marxismo filosófico que llevamos a la espalda, buscando a un fantasma por las esquinas de la judería de Málaga?
         — Paco, hostia, no empecemos otra vez, que ya me has dado el viaje. Ya sé que esto no nos llevará a ningún sitio de interés, pero mira, existen unos rumores, nos hacemos eco de ellos, escribimos sobre lo que sea sin meternos en mayores historias y ya tenemos el reportaje: el Jefe contento y nosotros contentos, ¿trato hecho?.
         — Hombre, quedaría muy soso si no entrevistamos al espectro del Aitor éste. Y después, ¿quién vendrá? ¿Buscaremos a Gramsci, al Ché, a Sandino? ¿Por qué no nos dedicamos al espiritismo político? Ganaríamos más dinero, seguro. Podemos montar una empresa y nos pateamos América Latina buscando mártires con los que hablar, que allí ya se encargaron las derechas de que no faltaran. Mira, me haría ilusión charlar con Zapata.
         — Me cago en la Orden, no me jodas, Paco. Ya es bastante tener que hacer este trabajete para encima tener que estar aguantándote a ti con tus gracias. Reserva el ingenio para el reportaje.
         — Es que es muy fuerte, hombre. –se explaya en un arranque de sinceridad–. Esto no se hace: somos una revista de crítica progresista y con reportajes como éste pareceremos una revista de ésas de extraterrestres. Oye, ¿por qué no entrevistamos en gran exclusiva al secretario general de la Unión de Comunistas de Saturno? Igual nos ponen la estación MIR a nuestro servicio, podemos hacer noche en la Luna y luego paseamos por el anillo con banderas rojas cantando "La Internacional"... Si vieras la cara que puso mi novia cuando le dije que iba a Málaga a perseguir a un espectro que, además, es de izquierdas... Creo que pensaba que íbamos a corrernos una buena juerga tú y yo.
         —¿Sabes qué te digo, Paquito? Vete a la mierda. Coge las cosas y vamos de una puñetera vez al hotel, que no me gusta estar en medio de la estación con las maletas, la cámara y todas las cosas. Y encima aguantarte a ti.
         — Oye, estos días vamos a compartir habitación... ¿por qué no hacemos esta noche una tertulia con Lenin, Stalin y Trotski, nos tomamos unas cañas y echamos pelillos a la mar por el pasado? –mientras recoge las maletas no ahorra comentarios.
         — Joder, cómo empieza esto... No sé si nuestro prestigio saldrá bien parado de esta aventura. De entrada, ya estoy harto de ti. Y no hemos empezado.

         En Málaga, como siempre, hacía sol y el tiempo era muy agradable. A pie marcharon desde la estación al hotel. La alegría del sur es algo que en el norte ni intuimos.

         Miguel y Paco pasean por la zona de la Alcazaba. Paco conoce Málaga, y siempre le gustó: la gente era algo descuidada, siempre a su aire, era sitio de turistas despistados sacando fotos y se respiraba cierto pasotismo bastante interesante. Ambos conocen la puerta de la Aduana porque vieron fotos de la guerra, y vieron cómo en este sitio se armaba al pueblo para combatir a los fascistas. Se detienen a mirarla de cerca.
         — Miguel, una vez que ya hemos dejado las maletas en el hotel y estamos más tranquilos, por lo que más quieras, háblame del Aitor éste. Porque lo único que sé de él es que era un miliciano vasco al que mataron aquí de modo brutal y dicen que se aparece por la noche cerca de aquí.
         — Vaya, hombre. ¿Eres tú el que me exige siempre rigor profesional, y todavía no sabes quién es el tipo éste del que debemos hacer el reportaje?
         — Bueno, por eso te pregunto. A ver, cuéntame mientras tiramos para La Malagueta, que es un sitio bonito. -Bajan por detrás del Ayuntamiento y caminan para la playa de La Malagueta.
         — En fin, hagamos historia. Vamos a ver. Aitor era un militante comunista que llegó a Málaga antes de la guerra desde su Barakaldo natal. Hasta ahí bien, ¿no, compañero?
         — Venga, que vamos bien. Sigue.
         — Era tipógrafo, como buen izquierdista. Un tipo interesante, pensaba mucho, pero tuvo problemas en su tierra: era muy crítico con el nacionalismo vasco y eso le generó antipatías importantes incluso en aquellos años. Solía repetir que no sabía si Euzkadi era una nación, pero que tampoco le importaba demasiado, porque él era internacionalista. Los problemas de los de abajo son los mismos en España, Euskal Herria, Francia, Córcega o donde demonios sea, solía recordar. Entendía el euskera, e incluso escribía versos en euskera, pues decía que para engrandecer una lengua había que escribir buena literatura con ella, y no insultos en las paredes. Pero tuvo problemas con el PNV: decía de sus miembros que eran de la misma calaña ideológica que las derechas españolas, que tenían el mismo miedo a los comunistas y a los cambios sociales, o más miedo que ellos todavía, y que su única diferencia era que llevaban txapela y algunos te decían al verte cosas cosas como "agur", "egunon", "gabon" o se llamaban Patxi, Xabi, Antxon, Mikel o Nekane. Él podía decir estas cosas, porque era vasco, pero siempre decía que no quería ser un vasco de verbena. Decidió irse de Euzkadi y quería ayudar allí donde estuviesen los pueblos más desgraciados de España: pensó ir a Galicia, a Extremadura o a Andalucía. Y al final vino para acá.
         — Vaya mente abierta, chico. Para entender el laberinto vasco de esa forma y en esa época ya hay que tener visión...
         — Pues sí, la verdad, y no le faltaron cojones, además. Será habitual en su vida. Aquí se instaló, comenzó a trabajar en una imprenta cerca de Calle San Juan, se conectó con las organizaciones comunistas y empezó a escribir en las revistas progresistas. Firmaba con su nombre de guerra de toda la vida, que resaltaba todavía más en el sur: era "Aitor el Rojo".
         — Ahí es nada, toda una declaración de principios. Parece un pirata, jejeje.
         — Cuando se sublevaron los generales, se encuadró en las milicias y comenzó a compaginar su labor en la imprenta con la de articulista y con la tarea típica del frente.
         — Y supongo que sería un miliciano ejemplar, sin prevalerse de privilegio alguno y de los que evitaron muertes inocentes que iban a ser provocadas por descontrolados.
         — Efectivamente, estás en lo cierto. A más de uno y a más de dos salvó la vida. A veces entrando en conflicto con su propia gente. Que luego nadie se lo reconociera es otro tema. En las guerras ya se sabe, es lo que pasa. Cuando entraron los nacionales no le dio tiempo a salir, siquiera: le delató un cura, e inmediatamente fue capturado. Ni le juzgaron: se lo llevaron cuatro señoritos falangistas a Gibralfaro, y como era conocido por su carácter abierto pero también por su valentía, se rieron de él, debatieron con él sobre política (es un decir: fue una especie de intento fallido de confesión de errores, según parece) y, después, lo castraron todavía vivo, para que fuese consciente de lo que ocurría. Le mataron y, una vez muerto, le sacaron los ojos y le cortaron las manos.
         — Hijos de puta. Mira que hicieron daño a los de abajo. Cuando me acuerdo de que Franco se comprometió, durante el asedio de Madrid, a que no cayera una sola bomba en el Barrio de Salamanca, mientras los barrios obreros ardían y estaban plagados de muertos, me hierve la sangre. Oye, pero fíjate qué simbólico lo de Aitor: quisieron impedirle ver y escribir, aún después de muerto.
         — Pues ésa es su historia.
         — Bueno, pero algo más habrá, porque si no, no estaríamos aquí.
         — Claro, hombre. Lo de las apariciones. Dicen que desde entonces se aparece algunas noches por la zona de la judería de Málaga, que era una zona donde él solía ir a pasear de noche y a fumar en pipa. Todavía hoy. Dicen que lleva una enorme mancha roja en la entrepierna, producto de la herida, aunque conserva sus ojos y sus manos, según dicen los que aseguran haberle visto.
         — Imagino que tendremos que patearnos la zona, y haremos entrevistas a gente que le conoció y todo eso, ¿no?
         — De eso se trata. Los compañeros de Málaga nos han concertado ya varias entrevistas con ancianos que le conocieron, y con personas que aseguran haberlo visto como aparecido, y yo creo que sería interesante ir también para la judería alguna noche a ver si hay suerte.
         — Eso va a ser lo más grande, Miguel: perseguir a un fantasma rojo en noches de luna. Igual podemos sacar algún poemario también de aquí.
         — Me cago en diez, no hay quien te aguante. Oye, ¿por aquí no había un sitio llamado "La casa del Guardia" donde ponían vinos?. Dímelo y haz algo útil esta tarde...
         — Está lejos de aquí, pero merece la pena el paseo. Anda, vamos. Así, además, no tendrás que aguantar que hoy estoy muy susceptible. Ya lo estás comprobando.

*****

         Comenzamos la ronda de entrevistas para obtener los datos oportunos para el reportaje. Entrevistas, entrevistas, entrevistas. Escuchar a uno, a otro y al de más allá, cada uno con su cantinela particular. Primero a los que le conocieron.
         Yo le conocí y era un hombre justo. No me cobró el trabajo que me hizo porque vio que en mi casa se pasaba necesidad. Un gran hombre, sin duda.
         A mi padre le rebajó tres pesetas porque tenía que comprar comida para mi madre, embarazada y con seis hijos.
         A mi me invitaba a café cada mañana. Decía "vamos" y yo, por decencia, le repetía que ya había desayunado, pero no era así. Aunque me notaba la cara de hambre, nunca me lo hizo ver, y me llevaba a la cafetería diciendo "a tu edad, un segundo café por la mañana viene fenomenal". Era un hombre grande.
         Salvó del pelotón de fusilamiento a un cura que era buena persona y ayudaba a los necesitados. Luego fue otro cura el que le denunció, aunque éste era un hijo de perra.
Política. Humanidad. Humildad. Datos, datos, datos. Monotonía.

         Los que le habían visto de aparecido no eran muy diferentes tampoco en sus testimonios.
         Iba yo por Pedro de Toledo a casa de mi cuñada una noche y veo a lo lejos la figura de alguien muy erguido y con una gran mancha roja en el pantalón. "¡Aitor el rojo!", pensé, porque ya mi cuñada me había hablado de él. Venía andando tranquilamente, como quien pasea. Sin embargo, me asusté y di media vuelta corriendo.
Un señor con aspecto extraño me pidió fuego para su pipa por calle Cister. Estaba algo pálido y lucía una mancha roja en el pantalón bastante peligrosa. "¿Está herido?" le pregunté, y me contestó "no se preocupe, es que estuve matando un pollo en casa". Dio las gracias y se fue. Estaba muy pálido. Luego supe que era él, el Rojo.
         Una y otra vez. Testimonios muy parecidos. Una y otra vez.

         — Mira, Miguel, yo creo que ya tenemos material de sobra. Con esto podemos montar ya el trabajo, ¿no te parece? Porque no querrás que también vayamos buscando al fantasma por la Alcazaba, ¿verdad? Mira, yo echo de menos a mi novia, y ya lo tenemos todo, ¿te parece si mañana por la mañana volvemos a casa?
         — Me parece bien, Paco, pero... esta noche me interesaría que volvieras tarde. Es que, ya sabes... hoy conocí a una malagueña morena y le dije que estaba aquí alojado, yo solo, que era representante de productos farmacéuticos. En fin, ya me entiendes...
         — Tremendo. ¿Y a qué hora quiere el caballero que vuelva? A ver, calcule usted cuánto tardará en convencer a su dama para la cópula, galán norteño. Cuánto tiempo necesita para hacerlo, al menos, un par de veces, no se sobrevalore el señor...
         —¡Joder, Paco! Que yo soy soltero, coño, entiéndeme. Pareces un santurrón...
         — Bueno, ahí te quedas galán, para que te afeites, te eches colonia, estés muy guapo y triunfes. Hasta luego.
         Y me fui, qué remedio. Cené en Tormes, por calle San Agustín, comida casera. Parecía que, en cualquier momento, me iba a salir el Lazarillo con su ciego. Cerca, el Obispado ("anda que éstos siempre han sabido administrar la caridad. Si Jesucristo volviera al mundo lo mataban otra vez, para seguir gestionando bienes en su nombre. En el Vaticano la propia Guardia Suiza le pediría los papeles"). Estaba bonita la catedral a esa hora, y completita, con su cruz dedicada a José Antonio y todo (sin apellidos sólo hay un José Antonio en este país). Y me vino a la mente la idea: ¿por qué no adentrarme en la judería, a dos pasos de allí? Más científico por mi parte imposible: sólo creería aquello que pudiese comprobar. A ver si Aitor se me aparecía. Y me encaminé para allá, pensando que así debía actuar un científico: sin supersticiones, comprobando lo que quería creer. Aunque con la convicción de que Miguel estaba pasándolo mejor que yo.
Cogí por Pedro de Toledo y tiré hacia el fondo. Todo estaba muy oscuro, y las casas tenían un aspecto amenazante, no sé por qué. Desemboqué en un jardincito que nunca supe cómo se llamaba, en calle Alcazabilla, donde había una estatua de un tal Iben Gabirol o algo así.
         Y allí estaba: el mismísimo Aitor sentado en un banco de piedra, con aspecto triste, la mirada perdida y una gran mancha roja en la entrepierna. Me acerqué a él.
         —¿Tendría usted fuego, amigo?
         — Sí, claro. Tenga –y me ofreció fuego. Me senté junto a él.
         — No te importará que te acompañe, ¿verdad, Aitor?
         — Para nada –si los espectros pudiesen sorprenderse, yo diría que éste lo hizo. –¿Me conoces?
         — Estoy aquí por ti. Tengo que escribir sobre ti. Pero tengo problemas de creencias: según mi ideología, tú no deberías existir. Yo no debo creer en tu existencia actual.
         — ¿Otro ateo? Madre, somos legión. No te preocupes, que Dios no existe. Es una forma de engañar a las beatas para que dejen algo en el cepillo, y a los enfermos para que vayan tranquilos a la muerte. No más. Pero sí existe un Más Allá, eso sí.
         — Vaya... –se me notaba descolocado, no esperaba esto.
         — Oye, no te preocupes, yo tampoco creía. Pero es bonito, te explico cómo es. Cada uno tiene su Más Allá: depende de la vida que llevara y de sus intereses en la tierra.
         — Explícate, Aitor, no te entiendo.
         — Es fácil.... esto... ¿cómo te llamas?
         — Paco, perdona por no presentarme –le di la mano. Estaba frío.
         — Pues es fácil, Paco. El Más Allá no es más que la prolongación de la vida, pues desarrollarás aquello que te interesara en vida. Para bien o para mal, claro. Si uno es aficionado a los libros y fue una buena persona, su Más Allá será disfrutar de los mejores libros, todo lo que nunca pudo imaginar. Si fue mala persona, será estar sin libros, o rodeado de libros pero de escasa calidad, y eso le acarreará sufrimiento.
         — Interesante. Puedo creer en esto y seguir sin creer en Dios y todo. Interesante...
         — Algunas Eternidades son graciosas: conocí a unas personas que intentaron en su vida trepar a toda costa en sus trabajos y su Más Allá ha sido convivir en una oficina cerrada desde fuera con otras personas iguales a ellas. Tenías que ver las puñaladas que se daban por trepar... ¡jajaja!. Una Eternidad así es insoportable.
No pude disimular la sonrisa: imaginaba el Más Allá de Miguel...
         —¿Y el tuyo, Aitor, cómo es?
         — El mío es algo difícil, porque fui muy inconformista siempre, supongo que me conocerás. Yo vivo rodeado de libros, muchos y maravillosos, pero sufro mucho: tengo la impresión de que no tengo tiempo de leerlos, porque cuanto más avanzo en mis lecturas, más libros y más interesantes aparecen en mi casa ultraterrena. Estoy condenado a aprender eternamente, y conforme más cosas sé, más disconforme estoy con lo que me rodea. Por las noches suelo venir a pasear para despejarme, y así tengo algún contacto con la gente. No quiero asustar a nadie, pero necesito charlar de vez en cuando con alguien. Para eso necesito ateos: personas que hablen conmigo de igual a igual y sin creer en mi existencia. Los otros rezan, se asustan... y no hay quien charle.
         — Pues es un placer para mi. Me he informado sobre tu vida, y te admiro. Además, debo escribir tu historia para una revista. ¿Me das permiso para contar esta charla?
         — Por supuesto, Paco. Nadie te va a creer –y sonrió irónicamente, mostrando una hilera de dientes blancos y muy bien situados.
         — Bueno, pero quiero hacerlo. Por cierto, Aitor: ¿te duele algo? –dije mirando su entrepierna ensangrentada.
         — No. Si lo dices por la herida, no, no te preocupes, no duele. Me conservo como en el momento en que dejé la vida. Sabrás que después me mutilaron más, pero ya estaba muerto, así que no influyó en mi aspecto de ultratumba. Menos mal, porque no sé qué hubiera hecho sin ojos.
         — Fueron unos hijos de puta. Y el cura más: se supone que debe servir a los demás.
         — Al cura me lo encontré cuando murió. ¿Sabes cuál fue su Eternidad? Estaba condenado a sentarse a una mesa y ver cómo a otros le servían manjares y a él unas pocas verduras. ¡Tendrías que haber visto cómo sufría, y el mal aspecto que presentaba!
         —¿No le echaste nada en cara?
         — Mira, aquí no tengo sitio para el rencor. Nunca lo tuve, menos ahora. Fui irónico: le dije "padre, gracias por segarme la vida cuando no estaba corrompido por nada: así puedo disfrutar de un Más Allá puro". Me miró con tristeza y siguió su camino.
Y seguí hablando con Aitor hasta las seis de la mañana. De todo: de política, de religión, de sexo, de la vida, de la muerte... De repente, vi que estaba clareando, y debía marcharme. Me daba pena dejarle allí solo: no era un fanático resentido por su muerte, sino un hombre renacentista, capaz de pasar de Botticelli a Mao y de Uslar Pietri a Lázaro Cárdenas en menos de medio segundo. Experto en el siglo XV italiano, además.
         — Por mi no te preocupes, ya amanece, y me acaban de traer un buen montón de obras de Borges y Cortázar que parecen excelentes. Así que debo marchar ya para casa, pues voy a estar ocupado. Lo malo es que sufro, porque tengo a Benedetti y a Martín Luis Guzmán postergados. No doy abasto: ellos siguen escribiendo y me cuesta seguirles.
         — Aitor, ha sido un placer. ¿Sabes? Es precioso haber charlado contigo, aún cuando creyera firmemente en tu inexistencia.
         — A veces las cosas no son lo que parecen.
         — Pero piensa que se me ha caído un mito y siento cómo se tambalean alguna de mis convicciones. Debo dejar asentar lo aprendido esta noche y ver cómo influirá en mi.
         — Sí, Paco, pero no renuncies a lo bueno en lo que crees. Piensa que te estoy describiendo el Más Allá, pero Dios no existe, también te lo estoy confirmando. Si existiera un Cielo, además, tendría que ser para los que, como nosotros, nos damos a los necesitados sin mirar más. Sigue firme: queda mucho por hacer en la tierra, compañero.
         — Sí, compañero -no sé por qué, esta camaradería me emocionó.
Nos dimos un fuerte abrazo y le vi alejarse por calle Alcazabilla para abajo, mientras el camión de la basura hacía su trabajo y alguien regaba la calle en plena madrugada. Antes de que volviera el trasiego de coches propio de la mañana.
Volví al hotel y Miguel estaba despierto. Preocupado, una vez terminada su cita.
         —¿Dónde andabas? –preguntó inquieto. – Estaba preocupado.
         — Por ahí tomando algo y pensando en Aitor. Vengo cargado de ideas para el reportaje. Supongo que no me habrás echado demasiado de menos, ¿verdad? Si te parece, me echo un rato y cuando me levante volvemos a casa, ¿vale?
Me miró con cara de extrañeza, como pensando "qué habrá bebido éste".
La semana siguiente, "Caperucita Roja" publicaba el reportaje más leído de su historia, sobre la figura de Aitor el Rojo: pensamiento, vida y... milagros.

*****

         —¿Volviste a verle, Paco?
         — Volví un par de veces, y charlamos sobre muchas cuestiones. Le gustó el reportaje (¡lo recibió!). Sin embargo, dejó de aparecer por la judería malagueña. Seguramente tenía muchos más libros por leer que de costumbre. Recuerda que ésa era su Eternidad.
         — Seguramente –comenté fascinado. Esta historia no me la esperaba. –Paco, eres la persona más interesante que he conocido nunca.
         — Sin duda has conocido pocas, muchacho. Ya tienes material para tu trabajo, ¿no?
         — Tengo material para más de un trabajo, Paco -le comenté agradecido.
Salimos del bar. No pudimos abonar la consumición, porque no nos lo permitieron: estábamos en casa. Paco siempre estará en casa en el bar de la esquina.
         Nos abrazamos, él volvió a casa y yo doblé la esquina. Mi artículo también fue un éxito, y confieso que he ido a Málaga a pasear por calle Alcazabilla a altas horas de la noche. Sin embargo, nunca encontré a Aitor el Rojo. Pero no desespero. Soy joven.

 

Antonio José Quesada Sánchez

Málaga (España)

Copyright ©2003 Antonio José Quesada Sánchez

 


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