Premio
Punto de
Excelencia

 

Infinitos son los mundos

Carmelo Abadía


Pintura alegórica de René Magritte titulada The Ignorant Fairy

* * *

Infinitos son los mundos , y todos los sostiene el mismo Dios .

     Todavía hoy me pregunto cómo fue que ella me quiso. Cuando alguna vez lo olvido, enseguida acude la memoria en mi auxilio para asegurarme que fue cierto, que no fue un sueño.

     Por aquel tiempo, yo estaba hecho una mala bestia. Deténte un momento y no te equivoques, pues tu juicio pudiera resultar erróneo. Visto desde otro punto, yo era de lo más corriente si tuviéramos en cuenta cuál era mi mundo y cuál era mi clase.

     El menor de tres hermanos. Tenía diecinueve años, cursaba estudios de arquitectura y los domingos jugaba al rugby. Mi familia vivía en el centro; en lo mejorcito de la ciudad, decía mi madre. Mi padre era arquitecto, con despacho propio. También mi progenitora había estudiado en su juventud, pero nunca llegó a ejercer su profesión. Decir que fuera ama de casa sería mentir, pues siempre tuvimos un par de criadas que lo hacían todo. Digamos simplemente que era la señora de la casa o, para ser exactos, de las casas, porque también teníamos un chalet, con piscina y jardín, en un pueblo a unos cuarenta kilómetros de la ciudad.

     Mis dos hermanos eran bastante mayores que yo. Por aquel entonces andarían cerca de los treinta. Hacía ya varios años que habían acabado sus estudios. Ahora trabajaban con mi padre. A pesar de todo, seguían viviendo en casa. Llegado este momento, me he dado cuenta de que todavía no me he presentado. Mi nombre es Eduardo. Espero que conocerme os pueda resultar grato. De lo contrario, sinceramente que lo siento.

     ¿Cómo era yo entonces?. La palabra exacta, aunque me duela, quizás fuera mediocre. Mediocre en los estudios; pues sólo gracias a los esfuerzos de mi padre, al que entonces yo llamaba el viejo, fue que conseguí llegar hasta la Universidad. E incluso, eso sería más tarde, que acabase la carrera. Mediocre también en el deporte, pero con la diferencia de que éste me gustaba. Me agradaba el esfuerzo, me sentía bien con los compañeros, había entre nosotros un ambiente estupendo, nos conocíamos todos desde hacía años. Lo pasábamos en grande juntos; sobre todo después de los partidos, riéndonos, gritando, y atiborrándonos de cerveza. A pesar de lo mucho que lo intenté, la verdad es que nunca fui una estrella. Incluso me pregunto si realmente fui bueno o era por simple condescendencia de los muchachos por lo que jugaba en el equipo. No sabría contestar a esto.

     Sólo había un ámbito en el cual sí me sentía bueno; en el que, por decirlo así, me desquitaba y dejaba atrás mis complejos. En el de las chicas. Yo entonces cuando me refería a ellas decía las mujeres para darme importancia. Mi éxito con ellas se había convertido en algo legendario y no obedecía mi fama, ni mucho menos, a ninguna mentira. Había comenzado ésta a cobrar forma muy temprano, en los albores de mi adolescencia. Era verdad. No había fiesta de Navidad o del colegio o de cumpleaños en la que yo no acabase liado con alguna. A veces aprovechábamos algún rincón en cualquier olvidada caseta de jardín; otras veces, las más, eran sus dormitorios los lugares que servían de teatro a nuestras operaciones; e incluso, en el colmo de lo desvergonzado, cuando los padres no estaban en casa, nos acostábamos en el dormitorio de ellos; y esto no sólo ocurrió una vez.

     Con las chicas, yo era muy desinhibido, tenía una facilidad tremenda para pasar a mayores. Pero, en todo caso, ellas me seguían el juego.

     Todavía recuerdo sus jadeos contenidos, sus palabras entrecortadas, sus leves resistencias, y, ¿por qué no decirlo?, su suave hipocresía. Pero yo seguía a lo mío, las desnudaba, y las recorría por completo, hasta hacerlas mías. A los diecisiete años era ya un maestro consumado del sexo. Eso sí, sin correr ningún peligro, porque aquellas chicas eran de mi clase.

     ¿Dónde radicaba la clave de mi éxito?. Pues no lo sé, porque nunca me consideré guapo.

     Así transcurría mi vida, por los rieles de la costumbre. Vivía en una isla, vivíamos todos en una isla. Mi padre siempre nos repetía que nadie nos había regalado nada. Nos sentíamos orgullosos de ser lo que éramos. Lo que ocurría más allá de nuestras calles nos dejaba indiferentes. Aquellas otras gentes, con sus ocupaciones, nos parecían tan distintas como si hubieran sido de otro planeta. Cuando por casualidad los tenías enfrente no los veías y cuando su presencia se te hacía evidente los únicos sentimientos que se despertaban eran la hostilidad y la desconfianza.

     Éramos lo que en aquellos tiempos llamarían burgueses felices, y hoy, por lo denostada que está aquella palabra, denominarían clase media satisfecha.

     ¿Cómo fue que la conocí?. Te lo voy a contar.

* * *

     Era sábado. Serían aproximadamente las siete de la tarde. Regresaba tranquilamente a casa. Podría decirse que venía andando desde la otra punta de la ciudad. Aquel día, a las cinco, la prima de un amigo había inaugurado una tienda de discos. Me habían invitado. Llegué de los primeros. La verdad es que la fiesta no tuvo mucho ambiente. Acudió muy poca gente y aquello se volvía por momentos todavía más aburrido. Así que decidí marcharme, me escurrí como pude y salí a la calle. Como no me gustaban los autobuses, y tampoco quería gastarme el dinero en un taxi, decidí volver a casa caminando. En mi fuero interno, maldije varias veces a la prima y a la fiesta. No hacía frío, todavía estábamos a principios del otoño.

     Ya casi había hecho la mitad de mi camino cuando al cruzar una calle alguien me llamó por mi nombre. «¡Eduardo, Eduardo!». Me detuve y me giré. Una figura se aproximaba hacia mí. Me llamó la atención que aquél llevara abrigo. Era Pablo. Pablo era mayor que yo, aproximadamente tendría la misma edad que mi hermano Roberto. Pablo también pertenecía a nuestro mundo, pero siempre fue un tanto sui generis. Sus opiniones, sobre todo en determinados asuntos, no coincidían ni mucho menos con las que todos teníamos por canónicas. También sus estudios y su trayectoria profesional diferían de los que se tenían como más adecuados. Hacía unos años, había ganado una oposición para un puesto un tanto subalterno en la administración. Que se podía esperar, decían todos, de alguien al que le dio por estudiar Filosofía y Letras. La vida que llevaba Pablo constituía un cierto escándalo que se veía escrito hasta en la frente de sus padres. Y también eran raras y fuera de tono las amistades con las que se relacionaba, gentes de otra ralea que la nuestra. Pero, bueno, todos esperaban que un día Pablo volviera al camino correcto. Ninguno lo despreciaba de veras, pues, al fin y al cabo, Pablo era uno de los nuestros.

     Estuvimos un rato hablando parados en medio de la calle. Me preguntó de dónde venía y qué hacía por allí. Le conté mi aventura de aquella tarde. Después fui yo quien le pregunté. Se dirigía a un café, había quedado con dos amigas. «Habría que verlas», pensé yo; y, acto seguido, sentí pena por Pablo.

     Entonces me dijo que, si no tenía otra cosa que hacer, que fuera con él. Me quedé un poco sorprendido y en un principio le dije que no. No sé cómo pero me convenció.

     El café se encontraba muy cerca, a un par de calles de allí nada más. Llegamos enseguida. No me fue necesario entrar para darme cuenta de la naturaleza del local. Una vez dentro se confirmó mi suposición. El típico bar de progres. Todo estaba allí a juego: la música; la clientela, en aquel momento todavía escasa; las mesitas, los cuadros, los carteles, la decoración imitando la de comienzos del siglo XX; sin olvidarme, ni mucho menos, de los camareros.

     Pablo pidió un café y yo una cerveza. Nos sentamos en una mesa. Sus amigas todavía no habían llegado. Poco a poco, el local fue llenándose con una caterva de gente toda ella del mismo tipo. Me pareció entender que Pablo se encontraba allí a sus anchas. A mí aquello me parecía en cierto modo una mascarada. Serían casi las ocho cuando llegaron sus amigas. Eran dos. Una era morena, se llamaba Elvira y tendría la misma edad que Pablo. La otra era más joven, y se llamaba Sara. Ambas vestían igual. Nos saludaron, pidieron un par de tés en el mostrador y al rato se sentaron junto a nosotros.

     Eran Pablo y la morena, Elvira, los que sostenían el núcleo de la conversación. De vez en cuando, la más joven, Sara, apostillaba algo. Yo no despegaba los labios. Hablaban de muchos temas, como surgían, un poco al azar. Su conversación y sus ideas no eran de mi agrado. Incluso diría que su rollo me daba asco. Pensé varias veces en firme en levantarme e irme. De repente, Sara, como haciendo un aparte, se dirigió a mí: «¿Hablas poco, verdad?, se ve que eres muy tímido». Iba a contestarle, y no precisamente muy suavemente, cuando nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos eran verdes, pálidos y profundos, muy hermosos. Me di cuenta de que era castaño el color de su cabello. No recuerdo exactamente lo que dije, pero debió de ser gracioso porque todos se rieron. Noté en Pablo un respingo de felicidad, al fin y al cabo debió de pensar que su amigo era presentable en esa sociedad.

     Un poco más tarde Elvira se quejaba de que no tenía suficiente azúcar para endulzar el té, pero fue Sara quien se dirigió al mostrador a pedir otro sobre. Me quedé mirándola al trasluz. Tenía una figura esbelta. La verdad que lo que pensé fue esto: «esta hippie no está nada mal».

     No habría pasado media hora cuando Sara y yo nos marchábamos juntos del local. Al principio, Elvira y Pablo se quedaron sorprendidos, pero me dio la impresión de que no les importó mucho quedarse solos.

     Sara me condujo a otro local cercano a aquél. Aunque del mismo talante que el anterior, éste era más íntimo y estaba más oscuro. Pedimos un par de consumiciones en el mostrador y pasamos a una especie de reservado turco. Ni mi ropa ni mis actitudes eran las debidas. Enseguida me di cuenta. La luz era muy tenue. Hablamos un poco. Diez minutos más tarde nos estábamos besando como locos. Sara reía y continuaba hablando. Yo me sentía fascinado. Decidí ir más lejos. Mientras la besaba, mis manos comenzaron a recorrer su cuerpo, especialmente sus pechos. Entonces ella me dijo: «Espera un poco» y se fue al baño. Cuando volvió me explicó que había ido allí a soltarse el sujetador para hacer que mi tarea no fuese tan complicada. Se reía. Yo me quedé cortado. No estaba acostumbrado a semejante claridad. Le pregunté tímidamente si aquello le gustaba, respondió que sí. «¿Y a ti?», me dijo. Dije que sí, que mucho. Continuamos así durante casi otra media hora. Poco a poco, me fui deteniendo. No es que me cansase de ella o me aburriera. No, más bien todo lo contrario. Quería retornar a la conversación, oír su voz, mirar sus ojos. Aquello nunca me había pasado con otra. Se lo dije. Le pareció muy bien. Le gustaba hablar, y a mí escucharla. Me contó su vida.

     Su madre había muerto muy joven. Casi no la había conocido. Vivía pues con su padre y sus dos hermanas. También en su caso sus dos hermanas eran mayores y, aunque vivían con ella, casi nunca estaban en casa. Una había conseguido una beca para estudiar periodismo en Madrid; la otra regentaba junto a su novio un refugio de montaña en los Pirineos, era muy pequeño y llevaban poco tiempo en el negocio. Sólo pasaban por casa de Pascuas a Ramos. Su padre había sido conductor durante más de veinte años en la empresa municipal de transportes. Pero, como había tenido un problema en la vista, ahora trabajaba en los talleres de la misma empresa. Así es que era ella la encargada de cuidarle y de darle mimos.

     El año anterior había dejado sus estudios. Sus notas habían sido estupendas. Hubiera podido elegir cualquier carrera, pero no quería seguir siendo una carga para su padre. Así es que llevaba la casa y por las tardes preparaba una oposición.

     Sentí un poco de vergüenza al comparar sus notas con las mías en el bachillerato. Pensé que aquello era injusto, pero no dije nada y la dejé hablar.

     Después me habló de su abuela, la única familia viva que le quedaba, al margen de su padre y sus hermanas. Sara sentía una especial predilección por aquélla. Vivía sola en el pueblo. Era viuda desde hacía muchísimos años. A veces le decía en son de broma a su nieta que hacía tantos años que era viuda que ni se acordaba de haber estado casada. De joven había sido muy guapa. Pensé en aquel momento que no tanto como su nieta. Y, aunque ahora ya era vieja, su cuerpo permanecía fuerte y su mente lúcida. Nunca tuvo miedo a la vida, con esas palabras tan breves y tan tajantes la definía Sara. Siempre que podía, me confesó, cogía el autobús al pueblo e iba a verla.

     Eran casi las diez. Se me hacía tarde. Se lo dije. Ella lo comprendió. Como me empeñé, Sara dejó que la acompañase a casa. Era lo mínimo, le dije. Pero ella me respondió diciéndome que yo no tenía ninguna obligación. «Es un placer y no una obligación», y di por acabada aquella parte de la conversación.

     Su casa no se encontraba lejos de allí. Recuerdo que andábamos despacio. Era la primera vez que mis pies pisaban aquel barrio. Debió de ser porque aquel día no había estrellas en el cielo, o que el alumbrado público fuera escaso, que el lugar me pareció un tanto lóbrego, cuando menos triste. Quizás, simplemente, es que fuera pobre.

     Habíamos llegado a la puerta del edificio que albergaba su piso. Nos detuvimos un instante. Estaba oscuro. Sara sacó una llavecita del bolsillo y abrió la puerta. Entramos. Nos quedamos allí justo. No pasó por nuestras cabezas ni por un momento el encender la luz del recibidor. Comenzó la despedida. Nos dimos un beso y después otro. Por una extraña razón, yo, que hacía un rato había rehusado a tener sus besos a cambio de oír su voz, ahora no podía dejar de hacerlo, de darle besos, me refiero. Tampoco mis manos estaban quietas. La acariciaba. Había una cierta desesperación en mi manera de buscar su cuerpo. Sin duda, ella se dio cuenta. Aquellos besos y aquellas caricias no eran muy honestas, o, al menos, no eran de aquéllas que se dan en la ocasión de una despedida. Se despegó un poco y me dijo: «¿Quieres subir?, estaremos solos. No te lo he contado, pero mi padre tiene una novia y pasa los fines de semana fuera. El hombre ha estado muy solo, ¿sabes?. A mí me parece bien. Ella está divorciada y tiene dos niños pequeños. Así que es mejor que sea él el que vaya a su piso que no sea ella la que tenga que venir. Le es más cómodo así. Fui yo quien le animé a que empezase esta relación».

     Aquello de tener un padre con novia a mí me sonaba a chino. ¡Cómo me iba a imaginar al mío en semejante coyuntura!. En aquel momento para mí aquello era o bien inmoral o bien ridículo. Difícil incluso de imaginar, ya lo he dicho.

     Le respondí que no, que no deseaba subir con ella. Aunque después seguimos un rato besándonos, Sara no volvió a insistir. Cuando por fin ya me despedí, le pregunté que haría mañana por la tarde. Me dijo que estudiar. Pero que si quería podía pasarme por allí a verla. Le dije que lo pensaría. Vivía en el segundo, en la puerta de la derecha. Encendió la luz y subió las escaleras. La contemplé en silencio. No se volvió a mirarme. Me marché.

     Caminaba deprisa. Era tarde. Casi las once. Aquella noche, había perdido la cena. Cuando abandoné aquel barrio, sonreí. La verdad es que pensaba no volver a pisarlo nunca más. Cada cosa en su sitio, pensé; y me encendí un cigarrillo.

* * *

     Aquel domingo por la mañana fuimos toda la familia a misa. Comimos temprano, aquélla era una costumbre inveterada de la casa.

     Un poco antes de las cuatro, salía a la calle. Me detuve en una pastelería. Compré una bandeja completa, unas veinte unidades, de unos pasteles franceses, muy elegantes. Unos diez minutos antes de las cinco, me encontré delante del edificio donde vivía Sara.

     De noche no me había parecido gran cosa, pero ahora me pareció de un tamaño enorme, casi exagerado teniendo en cuenta su entorno. En aquel momento uno de sus inquilinos se disponía a salir. Me dirigí a él cortésmente, se quedó un poco parado, me dejó pasar, e incluso me llamó de usted.

     Subí a grandes zancadas las escaleras. El inmueble, en su interior, estaba un poco deteriorado, pero no tenía mala cara. Todo estaba muy limpio, incluidas las esquinas. Suele ser allí donde se acumula el polvo. Llamé al timbre del segundo derecha. Fue un hombre quien me abrió.

     Era moreno, un poco calvo y de mediana edad. En su rostro estaba inscrito el sello inconfundible de la bondad. Era el padre de Sara. El hombre se disculpó. Me dijo que no tenía que estar allí, que sólo había pasado un momento a cambiarse de ropa. Me hizo entrar y también que me sentara en un sofá. Después me explicó lo de su novia.

     Mientras hablaba, yo lo miraba. Vestía una americana y llevaba corbata. Su cabello estaba perfectamente peinado. Se había vestido para salir, así me lo explicó. Aquella tarde, una amiga de su novia se había ofrecido a hacer de canguro de los hijos de ésta. «Por fin , una tarde libre», sonrió el hombre. Irían al cine, me dijo, y después a tomarse una copa. Yo movía la cabeza con gesto de comprensión y de asentimiento. Por eso había venido a cambiarse. La verdad es que aquel hombre tenía maneras distinguidas, ademanes con clase y, aunque hablaba un poco atropelladamente, su lenguaje era de lo más correcto. En una palabra, me pareció elegante. Hablamos muy poco. Aquélla fue la única vez que vi al padre de Sara.

     Recuerdo que me dijo con toda la naturalidad del mundo que ahora que sabía que estaba yo allí se quedaba más tranquilo, le disgustaba profundamente que su hija estuviera sola. Incluso había pensado en enfriar su relación, pero Sara se lo había prohibido. Llegados a este punto, pregunté por Sara .

     «¡Ah,» me dijo , «estará todavía por la cocina recogiendo los tarros. Es allí al fondo, anda, vé con ella!. La pobre», continuó, «ni siquiera nos ha oído; así, mientras tanto, cojo unas cosillas, las meto en una bolsa y me marcho». Recuerdo que en un momento de la conversación, refiriéndose a mí, me llamó hijo mío. Me quedé un poco parado.

     Cuando el padre de Sara se levantó, también lo hice yo. Él se dirigió a su dormitorio a preparar sus bártulos, supongo, yo me dirigí hacia la puerta que él me había indicado como la de la cocina.

     La empujé y entré. Ahí estaba Sara. Ni siquiera sabía que yo me encontraba allí. Sonreí. De espaldas a mí, sobre el fregadero, se afanaba limpiando una sartén. Vestía pantalón vaquero y camiseta blanca, y sobre ellos llevaba puesto un delantal muy gracioso. Me di cuenta entonces de lo bien que olía por toda la casa.

     En aquel momento me apeteció hacer una cosa que estoy seguro que a Sara no le hubiera sentado nada bien. Acercarme despacio y darle una palmadita en el culo. Además, estaba su padre. Así es que de repente dije: «Buenas tardes, ya estoy aquí otra vez, querida Sara». No se me ocurrió nada mejor. Pero la verdad es que ella se alegró. Me dijo que acabaría en un momento, que la esperase fuera, que de lo contrario se pondría nerviosa. Me dio un beso y yo le hice caso.

     Me senté otra vez en aquel sofá. El padre de Sara salió en aquel momento dispuesto a marcharse. Se dirigió a la cocina y se despidió de su hija. Después lo hizo de mí. Se le veía contento. Me deseó todo lo mejor y se marchó. Creo que le caí bien, quizás fuera porque hubiera leído en mi cara que, al menos ésa era mi intención, yo había venido a hacer feliz a su hija.

     Me quedé solo, sentado en el sofá.

     Observé detenidamente la casa. Los muebles eran de madera, baratos. Ningún lujo, ningún mármol; pero todo lleno de buen gusto. Nunca había experimentado en mi existencia la sensación de hogar como durante aquellos instantes de una tarde cualquiera de domingo. Me quedé asombrado. Quizás fuese porque la casa era pequeña. La nuestra era tan grande ... Además, mi madre tenía ínfulas de decoradora de interiores.

     En aquel instante, me vinieron a la cabeza los pasteles. Me iba a encaminar de nuevo a la cocina cuando apareció Sara ya cambiada. La verdad es que simplemente se había quitado el delantal, se había arreglado el pelo y se había puesto un jersey de lana.

     Le dije: «Esto es para ti. ¿Por qué, te preguntarás?. Porque eres preciosa». Estoy seguro de que iba a contestarme aquello de que yo no tenía ninguna obligación. Pero, como la miré a los ojos, estoy convencido de que me leyó el pensamiento. Así pues, no lo hizo.

     Se dirigió a la cocina y los guardó en el frigorífico. Después regresó y se sentó junto a mí en el sofá. No me dio las gracias, hizo algo mejor, me dio un beso. Nos quedamos callados unos momentos. Después ella preguntó: «¿te apetece ir a algún sitio?» . Me quedé pensando. Evidentemente no iríamos a ninguno de los que yo frecuentaba habitualmente. No me gustaría que nos viesen juntos. Es gracioso, pero, para ser exactos, cuando lo pensé la palabra que vino a mi mente no fue habitualmente sino antes. Ya quedaría tiempo para escuchar las acostumbradas y malintencionadas preguntas: «¿Dónde te metes, Eduardo?, ¿Cuánto tiempo hace que no te veo?», sobre todo proviniendo de la boca de ciertas pécoras. La verdad es que Sara era demasiado buena para eso.

     Como me debió de ver tan dubitativo, Sara se arriesgó a hacerme una propuesta: Al Parque.

     Yo no conocía a nadie que fuera nunca al Parque, y mucho menos que pasara allí las tardes de los domingos. Le dije que sí. Se puso muy contenta. A ella le encantaba el Parque.

     A pesar de mi fobia, cogimos un autobús hasta nuestro destino. Sara me convenció. La verdad es que no opuse mucha resistencia. Ella, me dijo, siempre viajaba en autobús. En su caso, le dije, era comprensible. Se rió.

     Es curioso y además no sé si quiera si citarlo, pero, aunque por aquellos días era otoño, siempre recuerdo aquellos instantes con Sara como bañados por una luz de primavera.

     Sigo. Aquella tarde de domingo no hacía frío. El sol, aunque tímido, todavía reinaba en el cielo. Pero, a pesar de todo, eran pocos los viandantes que se podían encontrar en el Parque. Muy pocos, en verdad, muy poca gente.

     Los árboles hacía poco que habían comenzado a perder sus hojas. Los quioscos, otrora bulliciosos, no sabría bien por qué, ahora permanecían cerrados.

     Caminamos durante bastante rato, cogidos de la mano, en silencio. Varias veces nos detuvimos al lado de las fuentes, vimos correr sus aguas y escuchamos su sonido.

     Yo, como no podía ser de otra manera, cometí un par de errores tontos. El más gordo, y casi me alegro porque conseguí que Sara se riera hasta casi enrojecer, ocurrió al pasar junto a un pequeño puesto de bebidas y helados. Le dije a Sara si quería un helado. Me miró extrañada. Yo no entendía nada. «¡Eduardo », me dijo, «dos cosas : a) no estamos en verano y b) yo ya no soy una niña!» . Pero sería lo torpe de mis explicaciones lo que de verdad conseguiría producir su hilaridad. Le pedí que me perdonase y así lo hizo.

     Un poco más adelante nos sentamos en un banco. Era bajo, de piedra, sin respaldo. No sé por qué pero comenzaron a envolverme una tristeza y una desolación enormes. Después, lamentablemente, darían paso a la rabia, a una explosión terrible. Y no sólo de rabia, también de miedo, y de no poca sinceridad. Ya he dicho que estábamos solos. Y, si había alguien más, ni siquiera me di cuenta. Recuerdo que me levanté. Sara permanecía sentada. Se quedó mirándome sin decir nada. Me acerqué a ella, me puse de rodillas entre sus piernas. Nuestras caras, frente a frente, casi se tocaban. Ella todavía sonreía. Creo que no entendía nada y menos todavía lo que estaba por venir. Dulcemente coloqué mis manos sobre sus hombros. Comencé a hablar. Gracias a Dios, hace ya tiempo que olvidé los detalles, las palabras precisas que usé aquella tarde. La línea general del discurso la constituía la sinceridad. Mi sinceridad. Al principio mi conversación fue serena. Le expliqué quién era. Después a grandes rasgos tracé ante ella cuál era mi visión del mundo y de las cosas. Me escuchaba impávida, sin pestañear.

     Mientras hablaba, notaba dentro de mí cómo crecían la agitación y la rabia. El pulso cada vez me latía en las venas con más fuerza. Poco a poco, el discurso se iba tornando más bronco, salpicado de palabrotas, de descalificaciones y de insultos. La presión de mis manos debía de ser terrible sobre sus hombros. Sara en aquellos instantes debió de temerse lo peor, que pudiera llegar a agredirle. Estoy seguro de que pensó en huir e incluso en pedir socorro.

     Estaba llegando al paroxismo justo en el mismo instante en que mis palabras arribaron hasta la noche anterior, cuando la conocí. Le expresé abiertamente mis opiniones sobre Pablo, Elvira y sobre ella. Sara comenzó tímidamente a llorar. Aquello no me aplacó, el fuego ardía y nada lo podía apagar. Creo que no dejé títere con cabeza de las cosas que ella amaba y en las que creía. Feroz como un bárbaro, imagino que la agitación de mi interior se transluciría en mi rostro en forma de alguna mueca horrible. Y entonces llegué hasta donde desde un principio quería llegar, hasta el núcleo del problema. Hoy me avergüenzo y lloro sólo al recordarlo. Pero así fue. No una, sino varias veces, me referí a ella con la palabra vulgar y despectiva que se utiliza para llamar a las mujeres de la calle. Se la grité, quizás veinte veces, a la cara. Mejor sería decir que la aullaba. Sara no podía ni moverse. Estaba aterrada, paralizada. Sus ojos a poco se le salen de las órbitas. Creo sinceramente que por menos de lo que hice yo aquella tarde deberían matar a un hombre. Y entonces de sopetón le hice la pregunta: «¿Con cuántos has estado?».

     De repente Sara se tranquilizó, dejó de llorar y bajó la cabeza. Después habló así: «Antes de ti, Eduardo, sólo he conocido a uno. Se llama Juan. Yo lo he querido mucho, pero él a mí no tanto ... Tenía vocación y decidió estudiar para cura. Ahora está en el seminario. Era un chico muy especial. Nos acostamos juntos sólo tres veces. Guardo muy buen recuerdo. A veces le escribo. No te miento».

     La serenidad de aquellas palabras, la firmeza de su voz y el amor que sentía en mi alma hicieron que me derrumbara llorando estrepitosamente sobre ella. Recuerdo que lloraba como un niño pequeño que estuviera perdido, sin ninguna vergüenza.

     El que hacía bien poco insultaba y amenazaba no era ahora sino un animal herido solicitando el socorro de su víctima.

     También Sara me quería.

     Cuando aquella tarde abandonamos el Parque, ya nos habíamos hecho novios. Yo le hice mil promesas, todas ellas locas.

     Regresamos a su casa y nos fuimos directos a su cama.

     Yo había estado con muchas mujeres, pero siempre que pienso en mi primera vez me viene a la cabeza aquélla.

* * *

     Fue corto el tiempo de nuestro otoño, pero si tuviera mil vidas aquello las llenaría todas.

     Sara y yo nunca nos veíamos entre semana. Yo siempre cumplí a rajatabla aquella cláusula no escrita. Para mí hubiera sido fácil dejar de asistir a alguna clase, pero yo sabía que Sara tenía que estudiar y que no disponía de mucho tiempo. Eso sí, todos los días la llamaba por teléfono. Me conformaba sólo con poder oír su voz.

     Pero el fin de semana era ya otra cosa. Exceptuando la obligación de dormir en el domicilio paterno el sábado, la verdad es que cada vez llegaba más entrada la madrugada, y de la misa y la comida del domingo, el resto del tiempo lo pasaba en casa de Sara. Resultará sorprendente, pero nunca en casa me preguntaron qué hacía o a dónde iba. Nadie notó nada extraño, raro o fuera de lo normal.

     ¿Qué es lo que hacíamos?, ¿cómo llenábamos aquel tiempo Sara y yo?. He de confesar que los primeros días puede decirse que nos dedicamos en exclusiva a un tema monomaniático. Yo le decía entre risas a Sara que íbamos a hacer ricos a los fabricantes de preservativos. Lo probamos todo, sin ninguna vergüenza. Tanto habían cambiado las cosas que yo solía bromear sobre su antiguo novio, sobre Juan. Con mucha malicia le decía que fíjate lo mal que lo haría que ante tal desencanto el muchacho decidió meterse a cura. Sara reía como una loca y entonces me atacaba sin piedad. Éramos tan felices y lo pasábamos tan bien juntos.

     Mas a pesar de ser tan jóvenes y de estar rebosantes de vida, también a esa edad el cuerpo tiene sus límites. ¿Y entonces qué hacíamos? . De todo un poco. Me decidí a ayudarla en las faenas de la casa. Le decía: «tonta, todo lo que te quites el sábado y el domingo no tendrás que hacerlo entre semana». Barríamos, limpiábamos el polvo, fregábamos los cacharros y un sinfín de cosas más. A menudo nos deteníamos en medio de la tarea para darnos abundantes besos. Siempre uno al lado del otro.

     Tan apenas salíamos de su casa. A veces, a la noche, veíamos juntos la televisión, como si fuéramos un viejo matrimonio. Pero sobre todo hablábamos y hablábamos. De todo. A Sara también le encantaba la música. A mí no me gustaba la misma que a ella. Pero nunca se lo dije, y me aguantaba, porque entonces mi única voluntad era hacer lo que ella quisiera. Todo lo que fuera por hacerla feliz. Hubo días en que debí de preguntarle si me quería unas doscientas veces. Ella siempre respondió que sí. «¿Pero cuánto?», le decía. «Pues mucho; o, mejor, todo», me respondía la muy ladina. Y aquello a mí me volvía loco.

     Prometí que iba a comprarle discos, muchos discos, porque ella tenía muy pocos. Me decía que no y yo le repetía que no sirve para otra cosa el dinero.

     En aquellos días, Sara y yo habíamos cogido una costumbre que casi era una liturgia. Al caer la tarde, conforme la oscuridad invadía los cristales, hacíamos el amor. Pero no en su dormitorio, sino en la sala de estar. Justo al lado de la ventana, a los pies de aquel sofá en el que me senté la primera vez, sobre una alfombra enorme a la que llamábamos «La Persa», aunque, evidentemente, no era de tal procedencia. La había comprado Sara muy barata en un bazar, y a los dos nos gustaba.

     Como he dicho, sólo vi una vez al padre de Sara. El hombre nunca venía a casa cuando yo estaba. No quería molestar. Además, Sara durante la semana le pasaba informes diciéndole lo feliz que era. Así es que disfrutábamos por entero de aquella libertad y de aquella impunidad.

     Después de hacer el amor, cenábamos. Cualquier cosa rápida y volvíamos a nuestra alfombra. Si ahora cierro los ojos, nítidamente se presenta ante mí aquella escena tantas veces repetida. Yo sentado desnudo sobre la alfombra. Había cogido esa costumbre, la de andar desnudo, y no sentía ningún pudor o la menor vergüenza. Sara, enfrente mío, de pie. También desnuda, o, a veces, llevando sólo la braguita. Era la única prenda que le dejaba ponerse. Me gustaba ver su talle desnudo y también sus pechos. Además, le decía, en cualquier momento puedo tener necesidad de ellos. Ella nunca me negaba nada, sentía por mí devoción.

     Entonces comenzaba la representación. Sara era una actriz magnífica. Ella sola se bastaba para representar obras completas de teatro. Algunas por completo de su invención. Era magistral en la elaboración de los tipos y tenía una gran habilidad para la imitación. Yo lo pasaba en grande. Recuerdo que le gritaba y la aplaudía a rabiar. Y también le decía piropos: «¡Eres la más grande, la mejor!»; y sobre todo uno que me encantaba. Se lo repetía una y otra vez: «¡Guapísima, Guapísima!», como solía entonces decírseles a las grandes divas de la escena.

     También Sara me contaba cuentos. Yo la llamaba mi Sherezade particular. Eran cuentos populares. Había sido su abuela la que se los había contado a ella. Sara los había recogido en un cuaderno con tapas de flores que guardaba en un cajón de su mesilla de noche. Creo que aquél era su más preciado bien. No le era necesario repasárselos, se los sabía de memoria.

     Aquellos cuentos tenían toda la fantasía y el colorido que sólo en el acervo popular es posible encontrar. Casi todos eran fantásticos, incluso de terror. Poblados por criaturas maravillosas: duendes, fantasmas, almas en pena, apariciones; a éstas últimas en la tierra de su abuela las denominaban con la palabra aparecidos. Aquella palabra siempre me hacía gracia sin saber por qué. También los había de brujas, de hechiceras, de mujeres capaces de convertirse en animales feroces, de colmillos terribles y hocicos que daban miedo. Escucharlos en labios de Sara era como hacer un viaje a lomos del tiempo.

     Recuerdo que había uno que me gustaba sobremanera. Siempre le pedía a Sara que me lo contara, y a veces incluso le exigía que lo repitiera.

     Evidentemente, yo carezco de la gracia que ella tenía. Más o menos era así: Cierto día un campesino subió al monte a buscar esparto. Entonces este vegetal se utilizaba abundantemente para un montón de cosas; con él se hacían suelas para el calzado, se utilizaba para fabricar cestas, sacos y cuerdas, y otras mil cosas. Era por lo tanto muy apreciado. Bien, el campesino se entretuvo demasiado en el monte y cuando decidió bajar hacia el pueblo, la tarde estaba ya muy avanzada. Pronto caería sobre él la noche y con ella el frío y la oscuridad. El campesino apretaba el paso, temía perderse en el laberinto al que la noche le conduciría. Incluso para alguien muy acostumbrado es muy fácil perderse en el monte durante la noche. Fácil y peligroso, pues la temperatura baja mucho de repente y caerse en algún barranco o por algún cortado representa un peligro bastante claro.

     A pesar de sus esfuerzos, la noche atrapó al campesino. Acababa de llegar a una encrucijada de caminos cuando ante él de repente, caminando por uno de ellos, comparece un enorme macho cabrío. El animal llega hasta él y se detiene. Después se yergue sobre sus dos patas traseras y se dirige a él: «Campesino, estoy muy cansado, pues vengo de muy lejos. Hazme un favor. También yo me dirijo al pueblo y sé orientarme en medio de la noche. Si cargas conmigo sobre tus espaldas, yo te guiaré. Te doy mi palabra. Llegarás sano y salvo a tu casa». Si llego a ser yo el campesino, seguro que me muero en ese mismo instante. Pero nuestro hombre no tuvo miedo y aceptó la extraña propuesta. Lo cargó sobre sus espaldas, espaldas fuertes de quien trabaja la tierra, y siguiendo sus indicaciones tras unas cuantas horas se encontró de repente frente a las luces de su pueblo. Entonces el macho cabrío descendió de sus hombros, se quedó un rato erguido, dio las gracias y se perdió en dirección al pueblo.

     Al acabar siempre le decía lo mismo a Sara: «para mí que aquel animal era el demonio». Y Sara siempre respondía que lo interesante hubiera sido saber a dónde exactamente del pueblo se dirigía.

     Mención aparte merecen sus sueños.

     Sara sentía verdadera pasión por contármelos. Aquello a mí no me gustaba. Tenía la impresión de entrar en un universo muy íntimo, muy propio, de Sara. No me gustaba nada. Pero, a pesar de que se lo dije unas cuantas veces, Sara no me hacía caso. Incluso tenía la costumbre de ponerles nombres.

     Recuerdo que por uno de ellos estuvimos casi una semana de morros. Ella dijo que yo era tonto por tomármelo tan a pecho y que, además, en el sueño no había nada malo. Su título era «El Viaje a Polonia». Resulta que Sara y yo nos íbamos de vacaciones a Polonia. Íbamos en coche y yo conducía. Visitaríamos Varsovia. No es necesario decir que ni ella ni yo habíamos estado nunca realmente en Polonia y que la Varsovia y la Polonia del sueño eran irreales, absurdas y oníricas. Bien. Lo primero que resaltaba en el sueño eran los colores que adornaban las montañas y todo el suelo del país. Eran sólo dos, pero intensísimos: verde y negro.

     Argumentaba Sara que quizás el color negro procedía de cuando ella estudiaba geografía en el colegio, pues siempre en los libros de texto decía que Polonia era un país gran productor de carbón, y desde entonces aquello, no sabía bien por qué, se le había quedado grabado en la memoria. Respecto al otro color no tenía formulada ninguna hipótesis. Continúo. Visitábamos una catedral, Sara no sabía si en aquel momento del sueño ya estábamos en Varsovia o todavía no. La catedral era gótica. Muy grande. Con el detalle curioso de que tenía dos pisos, separados por una especie de suelo de madera. Llegábamos arriba, no sabía cómo, pero le daba la sensación que atravesando aquel suelo de madera, de troncos, recordaba, como si fuéramos translúcidos. Allí arriba había un par de chicas de nuestra edad. Sara no sabía si eran turistas como nosotros o polacas. No lo supo nunca. Hablábamos con ellas y eran muy simpáticas. Sabían mucho y nos explicaban cosas, de la catedral y del país. Enseguida decidimos que continuaríamos el viaje juntos. Al momento íbamos en coche por una carretera. Yo conducía. A mí lado se había sentado una de aquellas chicas. La otra iba detrás junto a Sara. Yo las miraba por el retrovisor. Ambas hablaban en voz baja, con complicidad, se miraban mucho rato a los ojos e incluso se besaban. Yo me daba cuenta de que se habían enamorado, pero no decía nada. Me dolía un poco pero no decía nada. Aquella chica, la amante de Sara, era muy bonita: morena, de pelo corto y rizado, ojos negros, con una sonrisa casi infantil perpetua.

      En la siguiente escena, digamos, estábamos en la habitación de un hotel. Los cuatro juntos. Había dos camas. A instancias de Sara y de su amiga, yo me acostaba con la otra chica polaca. Ambas me pedían suave pero abiertamente que le hiciera el amor, porque lo necesitaba mucho, pero que se lo hiciese bien. Así lo hacía yo para agradar a Sara y a su amiga. Ellas se habían acostado en la otra cama, sobre la ropa, no estaban desnudas, permanecían vestidas. Mientras hacía el amor con la otra chica, de tanto en tanto, yo volvía mi cabeza para mirarlas. Hablaban como antes en el coche, se besaban con dulzura, estaban enamoradas. No me cabía ninguna duda. Me entristecía mucho. Acababa de hacer el amor a la otra chica y Sara y su amiga me felicitaban. Me había portado bien. Después la otra chica se dormía. Entonces yo aprovechaba y me pasaba a la otra cama, con Sara y su amiga. Intentaba colocarme entre ellas. No oponían resistencia, pero en cierta manera me ignoraban. Seguían besándose y mirándose amorosamente a los ojos. Entonces yo comenzaba a hablar. Lo hacía suavemente y con dignidad. Aunque pudiera, yo no les reprochaba nada ni condenaba su conducta. Sabía que estaban enamoradas y que yo había perdido todos mis derechos. Bien. Pero yo les había demostrado que merecía algo más que su indiferencia o su abandono. Ambas se conmovían, dejaban de besarse y me miraban con atención. Especialmente la amiga polaca de Sara. Me miraba de frente con aquellos ojos negros tan bonitos y aquella sonrisa de compasión en su rostro. Entonces yo me daba cuenta de algo y se lo decía a ellas: también yo me había enamorado de la amante de Sara. Ante la noticia Sara y su amiga se alegraban. Decidíamos que ya nunca nos separaríamos, que continuaríamos siempre los tres juntos. Y que nunca, me prometían las dos, me faltaría mi ración de amor en aquel festín.

     El último cuadro del sueño, según lo contaba Sara, era el más absurdo y el más gracioso.

     Estábamos los cuatro subidos en una torre. Imagino que sería la de la catedral. A nuestros pies se extendía toda Varsovia, que no era otra cosa que una inmensa calle recta que se perdía entre las montañas. A nuestra derecha, sobre una colina de intensos colores verdes y negros había un palacio. Delante de él una especie de corrales con forma de cuadrados y con muros delgados de piedra.

     La chica polaca, o turista, ya dije que Sara no lo sabía con exactitud, a la que yo había hecho el amor la noche anterior nos explicaba que aquél era el famoso palacio donde vivió el compositor ... A pesar de no recordar el nombre, Sara decía que todos nos admirábamos al oírlo y entonces ella, mi Sara, ponía punto final al sueño con este comentario: «Sí, el famoso palacio que tiene las letrinas de mármol».

     Y eso era todo.

     Como dije, este asunto nos costó una semana de morros. Cuando se me pasó el enfado, le dirigí estas palabras, y no otras, a Sara: «Ya sabes que te perdono todo, incluso lo que hagas en sueños».

     La verdad es que mi perdón no fue ni mucho menos tan gracioso. Le impuse una penitencia, pero me parece que ésta fue bastante de su agrado.

     El último de los sueños que me contó Sara también era bastante extraño. Sin embargo en aquel momento no me causó ninguna zozobra.
Llevaba como título el de «La Gran Serpiente».

     Este sueño constituía una curiosa amalgama de imágenes y de palabras. Para ser exacto diré que era una mezcla de secuencias visuales muy intensas y de un poema, o al menos de la primera estrofa de éste. Sara me lo contó varias veces. Discutimos ardorosamente sobre cuál pudiera ser su significado, dando por hecho que los sueños, y éste en particular, lo tuviesen. No llegamos a ninguna conclusión. Pasado un tiempo, ambos lo olvidamos.

     Cuando Sara lo relataba, sus ojos se perdían mirando al vacío y el timbre de su voz adquiría la solemnidad del teatro clásico. Parecía que entrase en trance. Comenzaba por la estrofa del poema:

                                  Debajo de la vía,
                                  allí descansa,
                                  allí se esconde,
                                  La Gran Serpiente.
                                  Es tan grande
                                  y es tan negra
                                  como ni si quiera
                                  puedes imaginar

                                  . . . . . . . . . . . . .
                                  . . . . . . . . . . . . .

     Sara repetía esta estrofa rítmicamente, como si tuviera música. Por eso es que yo la recuerdo, ya que la aprendí de memoria.

     Después Sara continuaba con las imágenes. Se veía caminando justo al lado de un terraplén. Quedaba éste a su izquierda, casi al lado de su costado. No era muy alto. Mediría sobre poco más de medio metro. Estaba hecho de gravilla y de piedras finas, de cantos rodados. Éstas no eran mayores que el tamaño de una manzana ordinaria. Sobre el terraplén se extendían hasta donde llegaba la vista las vías del tren, los carriles del ferrocarril perdiéndose en el horizonte. En el cielo lucía el sol. A Sara le parecía que fuese mediodía de verano, con una luz radiante, casi excesiva, de color amarillo. Ella, al principio del sueño, caminaba tranquila, sosegada y feliz. A su derecha, en el costado opuesto, había una valla. Estaba compuesta de estacas de madera y de alambre de hierro o de espino. Eso Sara no lo sabía con exactitud. En todo caso de algo metálico, brillante y duro. Hasta aquí, así se lo decía yo, la vía de un tren sobre un basamento, protegida por una alambrada, nada inquietante pues. Pero, al poco rato, Sara empezaba a sentirse agitada, intranquila. Lo sabía con toda exactitud. Enterrada bajo el terraplén, quizás es que la hubiera visto entre las piedras, se encontraba la Gran Serpiente. Era, como decía el poema, enorme, muy larga y muy negra.

     Aunque el animal permanecía quieto, como muerto, Sara sabía que en verdad estaba vivo, que ni siquiera dormía, que estaba como en latencia o en reposo. Entonces Sara caía presa de la angustia. No sabía bien por qué, pero estaba segura de que el sentido de su marcha la dirigía desde donde el reptil tenía la cola hacia donde se hallaba su cabeza. Se estremecía sólo de pensar que un poco más adelante pudiera encontrarse con que una vez despierta la serpiente alzase su cabeza y topar de frente con ella. La imaginaba también enorme, triangular y negra; y, sobre todo, temblaba en aquel instante todo su cuerpo y en su cara se reflejaban el asco y la repulsión física, con su lengua bífida. Entonces ella se daba la vuelta, giraba el sentido de su marcha. Ya no caminaba tranquila. Ahora lo hacía a toda prisa. Pero he aquí que la senda entre la vía, en este caso el terraplén, y la valla se tornaba cada vez más estrecha, y lo que era peor, enroscadas en las estacas de madera, un sinnúmero de pequeñas serpientes sacaban sus lenguas en dirección a ella. Sara cerraba los ojos, apretaba fuerte sus párpados, y seguía caminando. A cada paso que daba, notaba que la senda era más estrecha. Sara se encogía sobre sí misma y su angustia crecía. Entonces se despertaba, permaneciendo durante bastante tiempo, incluso me dijo que habían sido horas, presa de una desazón tremenda, de un mal físico, de una repugnancia tal, que hacía que se le erizase el vello de sus brazos y de su cuello como si un espasmo viscoso le recorriese el cuerpo. Después, se había calmado. Sólo lo había soñado en una ocasión; no se trataba, gracias a Dios, de alguna pesadilla de ésas recurrentes, como aquéllas en las que sueñas que caes, pero la impresión había sido tan fuerte que se vio obligada a contármelo varias veces. Ya dije al principio que tras discutirlo no le encontramos ningún sentido. Pasado un tiempo lo olvidamos. Éramos felices y teníamos mejores cosas que hacer. Yo , por ejemplo, tenía que cumplir una promesa, la de comprarle discos.

* * *

     Fue un sábado también el último día que vi a Sara. La llamé por teléfono el día de antes, el viernes, a la noche. El otoño estaba muy avanzado y entonces anochecía ya muy temprano. Yo estaba muy contento. Se lo hice saber a Sara. Mañana, le dije, pasaré un poco antes de lo ordinario por tu casa, sobre las cuatro; estáte ya cambiada y preparada, iremos a comprar discos; y, por favor, no pongas objeciones; de lo contrario, arruinarás mi felicidad. Sara lo comprendió al instante. No puso ninguna objeción. Aquello casi me sorprendió un poco. Debió de darse cuenta de lo importante que era para mí el que me admitiese aquel regalo. Yo había decidido que iríamos a la tienda aquélla de la prima de mi amigo. En cierta manera, gracias a ella, había conocido a Sara. Así se lo dije. Pero Sara me dijo que había un problema. Sería mejor que quedásemos en la tienda, o sea, que yo no pasase a recogerla por casa. Me dijo que tenía una amiga enferma, en cama, parece ser que víctima de una depresión. La pobre chica llevaba años presentándose a una oposición y no la sacaba. Aquello debió de ser el detonante de la crisis. Hacía días que quería ir a verla, pero nunca podía. Me dijo, en broma, que es que tenía un novio tan celoso como un turco que no se separaba de ella ni un segundo y que por eso no cumplía ni mínimamente con los deberes que impone la amistad. Se refería a mí. Nos reímos los dos. Además era verdad.

     Después le expliqué dónde estaba la tienda; yo no recordaba exactamente el nombre de la calle, pero Sara me dijo que sabía dónde estaba. Con cierta malicia dejó caer que mucho antes de que yo pisara aquella parte de la ciudad, ella ya la conocía. Viniendo de ella, no me importó el comentario.

     Quedamos a las seis. Sin quererlo, yo le reproché que íbamos a perder dos horas de vernos. Se rió. Incluso pensé en preguntar a Sara si podía acompañarle en su visita. Algo dentro de mí me dijo que aquello no estaba bien, que Sara no me había dado pie para ello.

     Entonces, como yo estaba solo en casa, sin nadie alrededor que escuchara, le comenté cierto plan que había madurado para la noche del día siguiente, algo que yo le iba a hacer. Al otro lado del teléfono, Sara volvió a reír.

     Cuando se serenó, afectó un tono de voz como de maestra de escuela solterona para decirme: «Eduardo, eres un niño malo y, como castigo por decir lo que has dicho, esta noche te lavarás la boca con jabón». Aquello me encantó.

     Después nos despedimos. Ella me dijo que me quería. También yo le dije que la quería. Aquélla fue la última vez que escuche las palabras de su boca.

* * *

     Al día siguiente, y como era mi costumbre, llegué bastante antes de lo convenido a nuestra cita. Serían las cinco y media un poco pasadas. No quise entrar en la tienda; sabía que la prima de mi amigo me estaría esperando para darme palique, porque había cometido el dislate de llamarle aquella mañana para asegurarme de que tenía los discos que yo quería. La verdad es que no me apetecía hablar con ella. Decidí quedarme fuera esperando.

     Me encendí un cigarrillo. Apoyé la espalda contra la pared de la tienda. Me había situado muy bien, de tal manera que no me pudieran ver desde dentro a través de la cristalera. Observé la calle. Era muy estrecha, con un solo carril para la circulación. Pero estaba muy transitada, casi diría que atestada de gente que iba y venía. También el tráfico de coches era abundante. Un buen sitio para abrir un negocio, pensé. No era tonta la prima, ni mucho menos.

     Me di cuenta de que las miradas que los transeúntes me dirigían, si no torvas, al menos estaban llenas de desconfianza. Incluso hubo un par de señoras que con disimulo cambiaron de mano su bolso. Aquello al principio me hizo gracia, pero después me resultó molesto.

     Por aquel entonces, había cierta psicosis de inseguridad ciudadana, básicamente asociada a robos. No es que yo tuviera mala pinta, más bien era al contrario. Pero, claro, no les debía de parecer muy normal ver a un chaval ahí parado, fumando un cigarrillo, sin hacer nada. Así es que decidí moverme un poco y simular que iba o venía desde o hacia alguna parte.

     Con mucho cuidado para que no me vieran desde dentro de la tienda, crucé hacia la otra acera. Iba distraído y no puse mucha atención. Entonces, cuando estaba a punto de llegar al otro lado, el sonido de un claxon explotó en mis oídos. Di un salto y alcancé la acera. Un gran coche negro pasó a mi lado zumbando. Noté que me temblaban las piernas. Me recuperé en un segundo, y lancé un insulto contra el conductor de aquél; para ser exactos diré que me acordé de su madre. El pulso me latía con fuerza. Miré a mi alrededor, aparentemente nadie se había dado cuenta del incidente.

     El coche negro se detuvo al final de la calle, justo en el paso de peatones. Llevaba los cristales tintados, entonces todavía estaba permitido. Sin ir más lejos, así eran los del coche de mi padre. Lo cual impedía ver el rostro del conductor y de los posibles acompañantes.

     Estuve por acercarme hasta el semáforo y armarle gresca. No lo hice. En cierta manera, reflexioné, era yo quien había cometido la imprudencia.

     El disco cambió y el coche se puso en marcha.

     En aquel momento me di cuenta palmariamente de lo fácil que resulta perder la felicidad y la vida en un solo instante. Decidí regresar al punto de partida y no moverme de allí. Esta vez sí que tuve cuidado antes de cruzar la calle. Regresé pues frente a la tienda.

     Unos diez minutos más tarde, vi a Sara. Justo al fondo de la calle. Dobló la esquina y se dirigió al paso de cebra. Era una buena chica. Así es mejor, Sara, pensé. Se detuvo esperando a que cambiase el disco y se pusiera en verde para los peatones. Le levanté el brazo. Estoy seguro de que me vio porque su boca sonrió. La estuve mirando un rato entre los viandantes que cruzaban anónimos ante mí y entre aquellos bultos que transitaban echando humo por la calzada. Entonces ante mis ojos volvió a pasar el mismo coche negro. Me dije: «el muy cretino o se ha confundido o no conoce la ciudad». Se dirigía a toda prisa hacia el semáforo.

     El disco cambió. Sara fue la primera en dejar la acera. Después vendría el sonido tremendo de unos frenos que chirrían, los gritos de la gente y el zumbido en los oídos. Con toda nitidez sentí más que escuché el ruido sordo que provoca el metal cuando golpea la carne. Un cuerpo, el de Sara, salió despedido, volando, varios metros. Igual que si hubiera sido un muñeco, un pelele desprendido de vida. Después cayó sobre el pavimento y se quedó quieto.

     Emprendí una carrera loca, pero, como en sueños, sentía que no iba a llegar nunca. Me abrí paso a codazos, a golpes, entre la marea de rostros humanos y llegué, por fin, hasta ella. Estaba quieta, como dormida, doblada, recogida en sí misma. No se movía, pero su cuerpo, me di cuenta, estaba limpio de sangre. Sus heridas debieron de ser internas, o acaso fuera que yo no vi su sangre. Me agaché sobre ella y me puse de rodillas. La llame por su nombre: «Sara, levántate, que no ha pasado nada» . Pero ella no se movió, ni siquiera me respondió. Entonces coloqué mis manos sobre su cabeza y su espalda, suavemente, como había hecho tantas veces. Le repetí: «Sara, levántate, volvamos a casa ...; otro día, ya verás, compraremos los discos ... Venga, Sara, vámonos a casa».

     Cuando iba a intentar levantarla del suelo, varias manos por detrás me sujetaron. Me tuvieron que sacar de allí a rastras. «No hubo otro remedio, Sara, tuve que dejarte sola, entre una multitud que no te conocía». Al poco, apareció una ambulancia. Pero fue a mí a quien se llevaron. «Es gracioso, ¿verdad?. Tú habías muerto, pero fui yo a quien se llevaron en ambulancia». Lo último que recuerdo de aquel día fue el pinchazo de una aguja en las nalgas. Al poco rato, a mi conciencia se la tragó el mar.

* * *

     Dos semanas. Ése fue el tiempo exacto que estuve fuera del mundo. Si algo recuerdo de aquel período es el rostro de mi madre llorando junto a mi cama. Algo bueno después de todo. Vi entonces en aquella mujer algo que nunca había visto.

     Según me contaron después, enseguida me trajeron a casa. A través de la documentación que llevaba encima, los del hospital dieron con mi familia. Mi padre hizo pesquisas y se enteraron de todo. Eso sí, siempre tuvieron el buen gusto de no preguntarme nada sobre la relación que yo había tenido con aquella chica atropellada.

     Durante aquella especie de coma, el doctor acudió todos los días a casa. Al principio, incluso me hacía dos visitas diarias, a primera hora de la mañana y un poco antes de caer la tarde. Les dijo a mis padres que en estos casos no había que fiarse. En consecuencia, me prescribió una buena dieta de tranquilizantes. Poco a poco, la iría reduciendo en función de mi estado de mejoría.

     A la tercera semana, nuestro médico consideró conveniente que dejase ya la cama y que me pusiera en pie. Volvía el orden a mis costumbres. Ya comía en el salón con todos, pasaba las tardes en el despacho que mi padre tenía en casa, junto a mis hermanos. Ellos fingían trabajar, acabar la faena que se traían de la oficina, pero la verdad es que me vigilaban. Por las noches, veía un poco la televisión con mi madre. Pero aún pasaba mucho rato en la cama.

     Paulatinamente, fui recuperando mis fuerzas.

     Hasta que llegó el día en que mi padre consideró que yo ya estaba curado. Era domingo. Estábamos comiendo. Por la mañana habíamos ido todos a misa. Mi madre aquel día estaba muy guapa. Recuerdo que se lo dije y que ella, a cambio, me dio un pescozón lleno de cariño.

     «Bueno», dijo mi padre en esta ocasión, « Eduardo, ¿no te habrás olvidado de tus estudios, eh?, habrá que ir pensando en volver a clase». Lo dijo muy serio, pero con un no sé qué añadido que endulzaba sus palabras.

     Asentí con la cabeza. Al día siguiente, lunes, volvería a las clases.

     Decretada pues la curación por mi padre, mis hermanos vieron llegado el momento de volver a tratarme como antes. Recuerdo que dijeron que, casualmente, desde que yo faltaba, el equipo había ganado todos los partidos, y que todo el mundo del ambiente del rugby de la ciudad se preguntaba que a qué sería debido este cambio sorprendente.

     Me encantó volver a oír sus bromas y recibir sus puyas. Iba a responderles como se merecían cuando mi madre tomó la palabra.

     Les prohibió que volvieran a meterse conmigo. Lo dijo de una forma muy solemne. Yo me reía. Después nos miró a los tres muy seria y concluyó diciendo que a ver si aprendíamos a respetar de ahí en adelante el Día del Señor.

     Su bronca causó en todos nosotros un efecto fulminante. Nos callamos y hasta la tarde no abrimos la boca.

* * *

     El lunes, como estaba convenido, regresé a la Universidad. La verdad es que aquella mañana sentí algo de pereza al abandonar la cama. Todos me trataron muy bien. Nadie hizo ninguna pregunta impertinente o dolorosa. Al contrario, todos mis compañeros se ofrecieron a ayudarme en la tarea de ponerme al día. Aquello se lo agradecí en el alma.

     Aquella tarde había clases prácticas. A la hora de comer, así se lo dije a mi padre. Él me preguntó que qué tal me encontraba. Le dije que bien para ser mi primer día y también que me apetecía asistir a aquellas clases de la tarde. Sabía que esto le iba a gustar. En efecto, conseguí el resultado apetecido. En el rostro de mi padre se dibujó por un momento una gran sonrisa de satisfacción y de orgullo. Al instante la borró. Se dirigió a mí muy serio, como hacía en las grandes ocasiones. Me dijo: «Haz lo que tú creas oportuno , Eduardo , lo dejo a tu criterio». Yo sabía que aquella tarde en la oficina mi padre iba a estar más contento que de ordinario.

     Un poco antes de las cuatro, salí de casa. Llevaba bajo el brazo varios libros y una carpeta repleta de apuntes, pero no pensaba ir a la Universidad. Más bien, cogí el camino contrario. Anduve bastante rato porque no iba en línea recta hacia mi destino, pero, como no podía ser de otra manera, al final llegué a dónde me dirigía.

     Un edificio enorme un tanto destartalado en una calle cualquiera. La puerta estaba cerrada. Traté inútilmente de abrirla. Entonces, busqué el botón adecuado en el portero automático. El segundo derecha. Lo apreté varias veces. No hubo respuesta. Creo que sería por inercia, pulsé justo en el que había a su lado, el mismo piso pero la puerta de la izquierda. Al rato escuché la voz de una anciana: «¿Quién es usted?, ¿qué quiere?».

     Sin tener mucha conciencia de lo que decía respondí: «Por favor, ábrame. Vengo a ver a Sara».

     La voz de la vieja enmudeció. Cuando retornó su tono era lastimero: «hijo mío, yo te conozco ..., te he visto alguna vez con ella ..., ¿es que acaso no lo sabes? ... Sara está muerta».

Le respondí que eso era mentira, que Sara estaba viva y que ahora me estaba esperando, aunque no sabía bien por qué no me abría la puerta.

     A pesar de mi locura, la mujer accedió a mis deseos y abrió la puerta. Subí las escaleras a grandes zancadas hasta llegar al piso segundo. Me detuve un momento frente a la puerta de Sara. Después apreté el timbre. No obtuve respuesta. Entonces coloqué mi rostro contra la puerta y susurré: «Por favor, Sara, ábreme». Pero la puerta permaneció cerrada.

     Fue justo la de enfrente, la de la izquierda, la que se abrió. Era la anciana con la que había hablado, la que sabía que yo era amigo de Sara. Se quedó un rato mirándome desolada, después me invitó a pasar.

     El piso era pequeño y estaba oscuro. Me condujo hasta una pequeña sala. Allí, vestido con un pijama y una bata, había sentado un anciano en una silla de ruedas. Tenía los ojos vidriosos, como se quedan tras haber llorado mucho. Era su marido. La mujer me dijo que no hablaba y que tampoco entendía. Hizo que me sentara en una butaca. Era muy confortable. Se marchó a la cocina, y al rato volvió con un vaso de leche y un plato de pastas. Eran para mí. Después se sentó junto a su marido, enfrente mío. Entonces comenzó su relato.

     Me habló de Sara. La había conocido desde niña. Era un ángel bueno de Dios, así la definió. Y la verdad es que tenía razón. Siempre atenta y cariñosa con todo el mundo, siempre dispuesta a hacer un favor o a ayudar a cualquiera. No era cómo las demás chicas de su edad. Nunca se mostraba indiferente.

     Después la mujer me habló de su familia. De su padre, un buen hombre, un pedazo de pan, así es como lo decía ella. Y también de sus hermanas. A la madre no la había conocido. Cuando llegaron aquí, ella ya había muerto.

     Se detenía de vez en cuando y me instaba a que comiese pastas y bebiese algo de leche. Yo, para agradarla, así lo hacía y seguía callado.

      Su conversación llegó hasta el día del accidente. «¡Qué desgracia, qué desgracia!», repetía. Continuó con los funerales y el entierro. El padre estaba deshecho y las hermanas anegadas en lágrimas. Acudió todo el bloque, no faltó nadie, me aseguró la mujer; excepto su marido, claro está, porque estaba impedido. Miré al hombre, sus ojos todavía estaban más tristes que antes.

     Tras el entierro, el pobre hombre, el padre de Sara, volvió al piso, pero no pudo resistirlo ni siquiera una semana. ¡Cómo iba a vivir en el mismo lugar en el que había sido tan feliz con Sara cuando ella ya no se encontraba allí!. Todas las cosas le hablaban de su ausencia, de su terrible pérdida. Vino una señora, me explicó la mujer, era muy simpática, y el padre de Sara se marchó con ella. Se despidió de todos antes de irse. A los pocos días llegó un camión de mudanzas y se llevaron las cosas. «¿Sabes?», me dijo la mujer , «tengo su dirección. Si la quieres, la busco y te la doy». Negué con la cabeza. ¿Para qué?.

     Cuando me marché de la casa, habían pasado casi dos horas. La anciana me acompañó hasta la puerta; andaba con paso renqueante, me di cuenta. Una vez en el pasillo, me dio un beso, me dijo adiós y se metió en casa. Me quedé un rato quieto allí, en el rellano. Miré por última vez hacia la puerta de Sara. No lloré. Es la verdad. Di un paso hacia ella y me detuve. Susurré: «Adiós para siempre, Sara». Después bajé las escaleras y llegué a la calle. Hacía frío fuera. Iba a comenzar el invierno. Nunca he sentido tanto frío como aquel día durante mi camino hacia casa.

* * *

     Hoy han pasado muchos años. Como dije, acabé mis estudios; incluso, estoy establecido por mi cuenta. Me casé. Tengo dos hijos. Es posible, creo, que me haya convertido en un hombre del tipo que fue mi padre. No me quejo, ni mucho menos. Pero siempre recuerdo a Sara.

     Entre todas las cosas que aprendí con ella hay dos que nunca olvidaré. Como lo hubiera dicho Sara, y por este orden, : a) que el amor es entrega, renunciar a la propia voluntad y b), lo más importante, que sólo a través de éste se consigue viajar entre las esferas ... Porque Sara era una puerta, una puerta abierta entre muchos mundos, quizás tantos como estrellas hay en el cielo.

Carmelo Abadía
Zaragoza
(España)

Copyright ©2003 Carmelo Abadía.

 


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